
“Cada persona que pasa por nuestra vida es única. Siempre deja un poco de sí y se lleva un poco de nosotros” decía el escritor argentino Jorge Luis Borges.
Hace veinte años, las paradojas de la vida hicieron que comenzara a trabajar en una empresa de cuyo nombre no me quiero acordarme. Sin embargo, permanece imborrable en mi memoria el recuerdo de aquel primer día en aquella oficina que, sin yo saberlo, se convertiría en uno de los escenarios más habituales en mi vida.
Aquellos primeros minutos, entre el murmullo constante de teclados y susurros, no se los deseo a nadie. Pero, para mi sorpresa, sobreviví a esa jornada, después a una semana, más tarde a un año, y… hasta ahora, ¿quién me lo iba a decir aquel día que empecé?
Allí conocí a mi mujer, la madre de mis hijos y cada mañana comparto el desayuno con las mismas cuatro mujeres. Al principio simples compañeras de trabajo, hoy y con el paso de los años, confidentes de la vida.
En una mesa de aquella oficina, frente a una pantalla parpadeante, trabajaba Teresa. En la pared de su escritorio colgaban los retratos de dos adolescentes sonrientes. Eran su hijo y su hija.
En una mesa de aquella oficina, frente a una pantalla parpadeante, trabajaba Teresa. En la pared de su escritorio colgaban los retratos de dos adolescentes sonrientes. Eran su hijo y su hija. Hoy ya no los encontrarás en nuestra gris oficina, porque Teresa se marchó, feliz y contenta. Su sueño, no era hacer centrales eléctricas y así lo dijo el día de su despedida.

Hace unos meses, Teresa me escribió para contarme que había sido abuela. La adolescente que sonreía en aquella pared la había hecho feliz, muy feliz. Y se lo merecía. La vida no siempre fue fácil con Teresa. Hubo momentos que le tocó luchar contra el infortunio de una maldita enfermedad. Lo superó y, durante aquel trance, conoció a mi hermana que también libró esa maldita batalla.
Hoy Teresa me ha vuelto a escribir. Estaba feliz, aunque el motivo era muy diferente. Su hijo, el muchacho que decoraba la pared, era protagonista de un artículo del diario AS.
Ignacio Tellechea, el hijo de Teresa, es un jornalero del fútbol. Un pelotero que ha sobrevivido a las turbulencias de un fútbol tan modesto como autentico.

Hace años, Tellechea sudó la camiseta del Unión Adarve. Fue entonces cuando me enteré que el hijo de Teresa, aquel de la foto, era futbolista y, además, jugaba en el equipo de mi barrio.
Después se fue a jugar a Guadalajara para, más tarde, desembarcar en Cáceres, la ciudad donde nació mi padre. Teresa lo sabía y un día me regaló una bufanda conmemorativa del partido de Copa que disputó el Cacereño, el equipo de mi padre, contra mi Atleti de Madrid, mi pasión irracional.
Ignacio Tellechea, el hijo de Teresa, es un jornalero del fútbol. Un pelotero que ha sobrevivido a las turbulencias de un fútbol tan modesto como autentico.
En el verano de 2024, Tellechea probó suerte en otro histórico del futbol modesto, la Gimnástica Segoviana. En la Sego solo jugó una temporada, pero dejó para el recuerdo un gol en el descuento que culminó una inolvidable remontada frente al Andorra.

Tras pasar por el Real Irún, un club que presume de haber ganado cuatro Copas de España, Tellechea regresó este verano al Cacereño. Una decisión más que acertada porque hoy es la gran sensación de la Primera RFEF. Se ha convertido en el goleador y líder del equipo revelación de la competición.
Son sin duda los momentos más importantes de la carrera deportiva de Ignacio Tellechea. El niño que decoraba la pared de aquella oficina es hoy el referente de su equipo, el orgullo de una ciudad y el amor eterno de una madre que un día fue mi compañera de oficina.

