El reciente triunfo de la selección española en el Mundial la ha confirmado como la gran potencia del fútbol de selecciones del primer cuarto del siglo XXI. No hay un contraste mayor en cualquier combinado nacional entre los resultados de una centuria a otra. Y las causas de tal discrepancia son variadas y complejas

 No hay selección nacional que muestre un transformación tan radical como la de España desde aquella mítica Eurocopa de 2008 en la que, bajo la batuta de Luis Aragonés, se rompió una sequía que databa de 1964 nada menos. Un viejo lobo de los banquillos, en su última aventura destacada en los mismos, que parecía amortizado tras el fiasco del Mundial 2006, dio con la tecla que se necesitaba para conseguir un triunfo destacado, con la optimización de una generación de jugadores inolvidable casi toda concentrada en el Barcelona. Esa base fue aprovechada por Del Bosque en el Mundial de 2010 y desde entonces la historia del combinado nacional ha derivado en convertirse en una potencia dominante que ha dejado atrás a los viejos colosos que durante no pocos años parecieron inalcanzables.

La selección ha seguido una trayectoria análoga al deporte español aunque con algunos años de retraso. Durante casi todo el siglo XX éste marchaba al alimón del país; una nación atrasada que solía llegar tarde a las citas con la historia y con su proyección internacional bastante limitada. Había pioneros dispuestos a saltar las barreras y ser capaces de hacerse notar en las grandes citas, hombres como los ciclistas Bahamontes, Ocaña o Pedro Delgado, tenistas como Santana y muy especialmente, por la dimensión que adquirió, Severiano Ballesteros en el a priori elitista e inaccesible mundo del golf. También fue un hito el salto a la NBA del malogrado Fernando Martín, pese a lo anecdótico de su participación en la mejor liga del mundo. Pero al margen de estos casos aislados, la regla general era la intrascendencia más allá de que algunos clubes españoles consiguieran triunfos internacionales. Los juegos olímpicos dejaban apenas de tres a cinco medallas en el casillero y en la mayor parte de citas destacadas la irrelevancia era la tónica general.

La evolución de la selección española en los últimos años es la mayor transformación en un combinado nacional que ha vivido el siglo XXI. De eterna esperanza eternamente frustrada a triunfadora constante. Su transformación, aunque un poco tardía, ha sido paralela a la de un deporte español que penó durante no pocas décadas para alcanzar la mayoría de edad y seguir un itinerario exitoso a partir de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92

Todo cambió con una cita decisiva en la historia deportiva española. Los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 generaron por primera vez unas inversiones sostenidas y consistentes en crear deportistas de élite. Por clima, España se revela como un lugar idóneo para la practica de todo tipo de deportes las administraciones empezaron a dotar a los distintos territorios de unas instalaciones acorde con las expectativas necesarias. El éxito de la cita olímpica marcó un antes y un después en la consideración del deporte hispano. En unos años llegarían fenómenos de la dimensión de Rafael Nadal o Pau Gasol que alcanzaron hitos que en otras épocas simplemente sonaban a ciencia ficción. España era un país democrático, europeo, cuyas potencialidades empezaron a desarrollarse por completo.

El fútbol llegó algo tarde a esta explosión de desarrollo de capacidades y talento, pese a que en la cita olímpica barcelonesa se alzase con la medalla de oro. Pero cuando lo ha hecho los resultados han desbordado cualquier expectativa. España fue siempre país de equipos potentes y selección menor. En esta última naufragaban jugadores que en sus respectivos clubes mostraban condiciones que luego no se trasladaban a la casaca roja. No menos cierto que durante no pocos años el jugador español tenía unas características que le hacían poco competitivo en grandes citas; con excepciones su técnica no era muy elevada y sus condiciones físicas estaban lejos de la de otros coetáneos suyos. En realidad en España se había acuñado una referencia a las características del fútbol nacional que se circunscribía a la llamada “furia”, término de apariencia rimbombante pero de trasfondo vacío; con ella se apelaba presuntamente al esfuerzo y la fiereza más que a la calidad en el toque de balón que supuestamente impregnaba a los jugadores nacionales. No era extraño que los resultados fueran los que se dieron en la mayor parte de citas internacionales destacadas. En realidad, lo frecuente era que la auténtica calidad en los clubes españoles la aportaran los jugadores foráneos.

Algo cambió en la parte final del siglo XX. Las selecciones de categorías inferiores empezaron a obtener algunos éxitos internacionales y en la Liga española dos escuadras marcaron un antes y un después en la evolución de los jugadores nacionales: la Quinta del Buitre y el Dream Team de Cruyff. Aunque en esos equipos dominantes había extranjeros de mucho nivel (Hugo Sánchez, Koeman, Laudrup), su base principal eran jugadores nacionales con un elevado nivel técnico (Michel, Butragueño, Sanchís, Martin Vázquez, Guardiola, Eusebio, Amor, Ferrer…). Los jugadores nacionales empezaron a tener como referentes a futbolistas de gran calidad en el control de balón, los pases, los centros al área…..Ello cambió en buena medida la formación de los jóvenes en las categorías inferiores. No es menos cierto que aquellas generaciones de jugadores no consiguieron trasladar sus éxitos a la nacional, pero de alguna forma fueron pioneras en el camino a seguir. Tras ellos nada fue igual.

Dos equipos históricos: la Quinta del Buitre y el Dream Team cambiaron para siempre las características de los jugadores españoles. Sus integrantes españoles no lograron éxitos con la selección, pero cambiaron para siempre el paradigma del futbolista destacado que se producía en España. A partir de ellos la calidad técnica primó sobre otras virtudes

Es curioso comprobar como el Barcelona ha ejercido de laboratorio de ideas de las que han bebido los mejores momentos de la selección española. En realidad en sus dos periodos gloriosos (de 2008 a 2012 y en actual iniciado en 2024) la presencia del club catalán ha sido con diferencia dominante. Desde la llegada de Cruyff los momentos de dominio deportivo de los culés han girado en torno al movimiento de balón rápido y la presión sobre el contrario, algo que ha impregnado también los triunfos de la selección. La apuesta decida por la cantera de la entidad azulgrana le ha permitido sobrevivir incluso con una ruina económica que ha amenazado seriamente su supervivencia como club de élite del fútbol europeo. Del inagotable filón de La Masía han salido jugadores esenciales en el desempeño de La Roja e incluso las derivaciones menos lustrosas del modelo Barça también estuvieron presentes en las decepciones de la selección de los últimos años; no en vano en los Mundiales de Rusia 2018 y Catar 2023 el sobeteo insustancial de la pelota (la peor derivación del Tiki Taka) estuvo presente en los resultados más adversos.

Hay otros factores que han contribuido al dominio hispano del panorama futbolístico de selecciones. Uno ellos es sin duda, el alto nivel de los entrenadores españoles, posiblemente la mejor cantera del mundo, como ha demostrado el magistral desempeño de Luis De la Fuente al frente de la selección. Cuestionado al principio al no tener una hoja de servicios destacada a nivel de clubes, su manejo del grupo y soluciones tácticas han revelado a un entrenador de grandes recursos. No son extraños los continuos éxitos de las categorías inferiores de España y hasta su posición en el fútbol femenino (también campeones del mundo), o el hecho de que en la última final de la Liga de Campeones los banquillos estuvieran comandados por dos españoles (Luis Enrique y Arteta) y que el entrenador de más influencia en el fútbol moderno lleve el nombre de Pep Guardiola.

Y por último otro elemento que posiblemente influya de forma destacada en esta racha de éxitos de forma más notable que hay que destacar: la decadencia de algunas selecciones que eran un seguro de competitividad en las grandes citas. Resulta difícil de explicar que Italia lleve tres mundiales ausente, que Alemania no sea esa garantía de regularidad y contundencia que tanto la caracterizó en el otro siglo, que los Países Bajos no sean el criadero de talento de otras épocas o el papel tan irrelevante de Brasil desde su triunfo en Corea en 2002. No hay duda que la entidad de los rivales es una factor clave en explicar los éxitos de cualquier equipo. Y en la gloriosa Roja actual esto no es una excepción.

 

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