El comienzo de la temporada del Atlético de Madrid ha sido accidentado pese a que en los partidos previos al inicio de la Liga transmitía muy buenas sensaciones. Los resultados no son ni mucho menos desastrosos, pero su juego emite bastantes dudas y el entorno parece muy enrarecido

Ningún equipo de la primera división española puede mostrar las contradicciones internas que el Atlético de Madrid. Se trata de un club que lleva unos años excepcionales en proporción a su historia más reciente. Desde 2010 ha ganado diez títulos (2 Ligas, 3 Europas Leagues, 1 Copa del Rey, 3 Supercopas de Europa y 1 de España). Para hacerse una idea de 1977 (año en que concluyó su primera época dorada) a 2009 se logaron 1 Liga, 4 Copas del Rey y 1 Supercopa Española. Esto supone casi el doble de títulos en la tercera parte de años. A ello hay que unirle una presencia insistente en la Champions League desde 2013, competición en la que logró dos finales.

 Desde la llegada de Simeone ha tenido una eficiencia deportiva extraordinaria. Ha roto en dupolio eterno en la Liga Española hasta en dos ocasiones (2014 y 2021), ha sido el único equipo capaz de ganarle finales al Real Madrid (hasta tres) y en Europa ha eliminado a lo largo de estos diez años a Barcelona, Chelsea, Bayern Munich o Liverpool amen de Supercopas y Europas Leagues. Es cierto que lo ha combinado con algunas caídas estrepitosas (Qarabag, Juventus, Leizpig, papeles lamentables en la Copa del Rey) y la amargura de dos derrotas in extremis finales de Champions ante su máximo rival, pero siempre ha mantenido un techo mínimo sólido. Diez presencias seguidas en Champions así lo atestiguan.

Pese a tener muy reciente un éxito tan importante como la Liga de 2021, hay una sensación de crispación un tanto extraña. Su posición es  peculiar en el panorama futbolístico: cuenta con unos ingresos cada vez más importante, pero se encuentra lejos de los más fuertes.

Por eso resulta un tanto paradójico la situación actual de la entidad. Pese a tener muy reciente un éxito tan importante como la Liga de 2021, hay una sensación de crispación un tanto extraña. Su posición es  peculiar en el panorama futbolístico: cuenta con unos ingresos cada vez más importantes, pero se encuentra lejos de los más fuertes, ha realizado fichajes notables  pero vive la permanente amenaza de huida de sus activos, su balance deportivo y económico reciente es destacable pero casi todo el mundo mira con desconfianza a sus dirigentes por pecados del pasado, en el banquillo se siente un mito idolatrado que ha pulverizado records pero que cada vez recibe más oposición por su salario desmedido y su estilo de juego.

A ello hay que unirle focos de tensión muy significativos de la lucha entre los viejos aficionados y los nuevos tiempos del fútbol en el que el merchandising lo copa todo: el cambio de escudo, el traslado al Metropolitano, las camisetas que tanto rechazo producen, hasta un paseo de leyendas cuyos criterios han sido cuestionados. Incluso decisiones deportivas como el llenar el equipo de ex canteranos del Real Madrid parecen irritar más a la parroquia que nunca confió en sus gestores de cabecera, Miguel Angel Gil y Enrique Cerezo, pese a los excelentes resultados de estos últimos años de los que también son responsables. Pero estamos hablando de una sociedad anónima, no lo olvidemos.

En el fondo subyace una lucha interna de la entidad. Se sabe un club grande, pero en clara desventaja con los más poderosos. Un Barcelona en quiebra técnica ha sido capaz de realizar fichajes de primer nivel y el Real Madrid puede permitirse desprenderse de activos como Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos, Varane o Casemiro sin apenas sufrir merma en su competitividad. El hecho de que el Atlético pesque en jugadores formados en el Madrid que no han logrado un hueco en la primera plantilla blanca (Morata, Marcos Llorente ahora Reguillon) es una manifestación muy evidente de las diferencias de poder, recortadas notablemente en la última década, pero por siempre latentes. Eso por no hablar del musculo económico de la Premier, convertida en la nueva NBA del futbol europeo que hace que cualquier jugador este en disposición de emigra allí.

¿Puede un club con estas características tener al entrenador mejor pagado del mundo? Parece evidente que no. Si parte del salario del técnico argentino fuera a jugadores, la plantilla podría contar con uno o dos refuerzos de cierto peso. Pero esto sería una respuesta muy sencilla. La aportación de Simeone va mucho más allá de títulos y estabilidad deportiva y regularidad de resultados. De alguna forma parece un muro de contención que garantiza una competitividad que estaría en riesgo, para no pocos, en caso de que él faltara. No hay mejor ejemplo de esto que la peculiar política de fijación del precio de las cláusulas de rescisión seguida en los últimos años. Lejos de ser disuasorias como en la mayoría de los clubes ( y como ocurre con Joao Félix) el Atlético sitúa la posibilidad de pagarlas en el punto exacto que conviene a la dirigencia: garantizando un buen traspaso pero siendo una tentación para que los realmente ricos las ejecuten. Así ocurrió con Rodri, Griezzman , Lucas o Thomas Partey. Por eso cada final de mercado es una agonía permanente para el aficionado rojiblanco que piensa, y con razón, que la escuadra se verá debilitada con el pago de la clausula asequible.

El Atleti se sabe un club grande, pero en clara desventaja con los más poderosos. Un Barcelona en quiebra técnica ha sido capaz de realizar fichajes de primer nivel y el Real Madrid puede permitirse desprenderse de activos como Cristiano Ronaldo, Sergio Ramos, Varane o Casemiro sin apenas sufrir merma en su competitividad.

La presión de Simeone actúa pues como única garantía que el equipo invierta en aras de seguir siendo competitivo. El tener un activo que ha transformado de esa forma a la entidad parece operar como contrapoder a una dirigencia siempre sospechosa de actuar solo por el beneficio económico. Y hay ejemplos tan latentes y cercanos como la situación del Valencia, club que le había comido la tostada al Atlético a comienzos del siglo XXI y que por una presidencia utilitaria navega desde hace tiempo en la mediocridad deportiva. De hecho la regularidad de Simeone al frente de la nave atlética debe de valorarse en su justa medida; no solo el club valenciano sino que Arsenal, Borussia Dortmund o los dos equipos de Milán (aunque estos parecen estar reaccionando) son otros casos de perdida notoria de competitividad por su incapacidad de competir económicamente con los gigantes.

En función de estas circunstancias se percibe un ambiente un tanto enrarecido. Realmente no se sabe cuál es la posición real del Atlético. Favorito a nada y aspirante a todo, podrán decir muchos y no sin cierta razón. Todo suena a ambiguo: hay excelentes jugadores en la plantilla pero ninguno de ellos seguramente tendría hueco en el once titular de los más poderosos, es clara su profundidad de recursos especialmente ofensivos pero posiciones como el lateral derecho muestran carencias alarmantes, el fundamento de Simeone siempre ha sido una defensa de hierro y ahora es la posición que más dudas plantea en cuanto a número de efectivos, de hecho cuenta en la actualidad con centrocampistas retrasados (Saúl, Llorente, Witsel). La austeridad de su mercado marca una situación muy evidente del fútbol español; el tercer equipo de España solo ha traído tres jugadores, dos de los cuales han sido a coste cero (un cedido y otro agente libre). No parecen mimbres muy sólidos para competir en lo más alto. Pero no cabe duda que ese es el escenario que históricamente mejor le ha venido al club.

Quizá en este contexto el “partido a partido” cobra más significación que nunca. Con el objetivo minino del tercer puesto el desarrollo de la competición mostrará las aspiraciones reales del equipo este año. Las versiones iniciales de Madrid y Barça parecen indicar una vuelta a la Liga de dos, pero ahí estará agazapado el Atlético……dispuesto a dar zarpazos cuando menos se le espere.

 

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