El pasado martes mi padre, “Pacuchi” para unos, Paco para otros o Francisco Fernández Marugán para algunos más nos dejaba para siempre. Se fue tranquilo, en su casa y dando la mano a los que tanto le queríamos. La maldita enfermedad que le acompañó en sus últimos años de vida nos impidió compartir con él una última conversación. No nos hizo falta, con sus últimas miradas, recordamos una vida que disfrutamos, y alguna vez sufrimos, con él y junto a él.

“Pacuchí” como le llamaban en su casa, vivió junto a su hermano, las limitaciones propias de la España rural de los años cuarenta y cincuenta. Su padre, mi abuelo, fue un Guardia Civil destinado en dos remotos pueblos de la provincia de Cáceres llamados, Membrio y Cedillo. Aquella infancia, digna, campestre y plagada de estrecheces marcó el resto de su vida.

Al llegar los años sesenta, mi padre, como muchos españoles dejó el campo y emigró a la ciudad. Su familia se instaló en un humilde piso de la barriada de Caño Roto en Carabanchel en la periferia de Madrid. Gracias a los esfuerzos de sus padres, mis abuelos, consiguió estudiar y licenciarse en Económicas. En la Universidad conoció a mi madre, la mujer con la que pasaría el resto de su vida. En aquellos años dejó de ser “Pacuchi”, para convertirse definitivamente en Paco. Así le llamaban sus amigos de Facultad.

Cuando en la década de los setenta, España dejó atrás las divisiones del pasado y recuperó la democracia, mi padre militaba en el PSOE. Su entusiasmo por el servicio público le convirtió primero en funcionario del Estado y después, en político. Fue en ese tiempo cuando muchos le comenzaron a llamar Francisco Fernández Marugán.

Mi padre encontró en la política una gran pasión, de hecho, a ella dedicó gran parte de su vida. Durante más de cincuenta años, ya fuera en el PSOE, en el Congreso de los Diputados o en la Defensoría del Pueblo se esforzó con tenacidad para construir un país mejor y promover el bienestar social de los ciudadanos que vivían en él, independientemente de procedencia y lugar de nacimiento.

En esa época, mi hermana y yo, ya habíamos llegado a su vida. Después aparecieron también sus nietos. Todos nosotros crecimos viéndole trabajar y luchar decididamente por unos valores que nos inculcó con ahínco y empeño. No negaré que alguna vez le echamos de menos, pero su lealtad, cariño y amor, compensaron con creces sus ausencias en nuestro hogar.

Papá, “Pacuchi”, Paco o Francisco Fernández Marugán, da igual como le llamaran, fue muchas cosas en su vida. Era servidor público, político, demócrata, socialista, hijo, hermano, esposo, padre, suegro, abuelo y amigo. Con sus defectos y virtudes, siempre intentó hacer bien las cosas. Muchas veces lo consiguió, otras no pudo. Más allá de los logros y decepciones que tuvo su vida, mi padre era reconocido por familiares, amigos, compañeros, adversarios políticos y conocidos como una buena persona. Sin duda, ese fue, el mayor de sus triunfos.

3 thoughts on “A mi padre

  1. Tengo los mejores recuerdos de tu padre. Que descanse en paz. Muy lindo y sobrio homenaje a su memoria querido Luis.
    Un fuerte abrazo para ti y tu familia. Rezaremos por su alma y por ustedes.

  2. Luis, creo que tu padre se merece el mejor de los reconocimientos como la gran persona que fue.
    Quienes lo conocimos así lo sentimos.
    Un abrazo.

  3. Recuerdo a Francisco Fernández Marugán como un destacado diputado del PSOE durante la Transición. Desconocía que fuera el padre de nuestro articulista Luís. Que descanse en Paz y que viva siempre en la memoria de sus hijos y nietos.

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