
El fútbol de hoy es muy diferente al de nuestra niñez. A continuación, relatamos una visión personal e intimista de cómo se vivía el fútbol en la década de los ochenta.
En los ochenta una calle y una pelota eran suficiente para armar un partido de fútbol. No hacia falta una cancha. Valia cualquier explanada, dos jerséis y un par de piedras.
Para los chicos de mi generación el tiempo pasaba dando patadas a un balón. No había móviles, tablets ni conexión a internet.
Pero como en la vida nada es eterno, al crecer dejabas la dureza del asfalto y comenzabas a convivir con el polvo de los campos de tierra. Hoy pudiera resultar exótico, pero en aquella época era la decoración habitual de pueblos, ciudades y barrios.
Esas llanuras de arena eran el teatro de los sueños de millones de niños. Lugares mágicos que representaban la imperfección de un día cualquiera. Campos repletos de agujeros que daban emoción a cualquier gloriosa pachanga. Las líneas de cal eran pequeñas obras cubistas que jamás trazaban la línea recta. La portería era un peligroso garrote pintado y decorado de óxido.
En aquellos campos de tierra el peligro acechaba en cualquier esquina. Una entrada, una caída o un simple resbalón marcaban la piel tiñéndola de sangre. Sin embargo, el mayor temor estaba en el balón. El Mikasa era capaz de tatuarte el cuerpo para siempre una fría mañana de invierno.
En las tardes de lluvia, el fútbol se volvía fascinante. La tierra pasaba de simple polvo a barro viscoso que mortificaba todo lo que había a su alrededor. Las negras botas de tacos quedaban rebozadas por un lodo que salpicaba pantalones, camisetas y medias. Correr detrás de un balón era un ejercicio interminable, solo apto para infatigables. Utópicos valientes que con tenacidad pateaban un balón que apenas se movía.
Hoy los campos de tierra son monumentos añejos de un fútbol que ya pertenece a los recuerdos del pasado. Pero para muchos de nosotros esos campos son parte de nuestra infancia.
Todos esos momentos ya no volverán, aunque estarán por siempre en mi memoria. Es el fútbol que viví de niño. El juego con el que crecí y la pasión de la que me enamoré.

