
El próximo Mundial de fútbol lo organizarán conjuntamente España, Portugal y Marruecos. Históricamente el desarrollo de un proyecto común suele unir y no dividir. Por esta razón el torneo de 2030 debiera ser la base para proporcionar paz y armonía entre los tres países anfitriones.
Sin embargo, de las entrañas de este campeonato ha surgido una nueva batalla de la guerra hibrida que últimamente enmarcan las relaciones entre Marruecos y España. Hechos como los acontecidos este verano en Ceuta, el conflicto histórico del Sahara, las reivindicaciones territoriales de Rabat y los flujos migratorios globales hacen que los dos países convivan en un tenso y difícil equilibrio.

A simple vista, la decisión de organizar un Mundial con un país con el mantienes relaciones complejas puede parecer frívolo. Ahora bien, hay quien interpretó la coyuntura como una oportunidad para la distensión. Involucrando a las dos naciones en un mismo reto podían anestesiarse las pulsiones que emanan de la frontera más desigual de la tierra. Visto lo sucedido el pasado 30 de julio esa idea ha fracasado por completo.
La crisis de Ceuta hace difícil pensar que la convivencia entre Marruecos y España vaya a ser tranquila durante los próximos cuatro años. Lo paradójico de esta situación es que los dos países están obligados a coordinarse para gestionar uno de los eventos deportivos más importantes del mundo. Que nadie se engañe, no hay vuelta atrás, los compromisos están suscritos y la organización del Campeonato es inevitable.
El gran problema ahora es decidir donde se disputa la final, el partido más importante del torneo.
El gran problema ahora es decidir donde se disputa la final, el partido más importante del torneo. La decisión la tomará la FIFA (sino lo ha hecho ya), posiblemente, una de las organizaciones más corruptas del planeta. Un hecho que no da certeza sobre la elección definitiva.
El peso de España como líder del proyecto debería imponerse. De los tres organizadores, es el país que aporta más estadios, tiene mejores infraestructuras y es la economía con mayor PIB. Sin embargo, está por ver que todo esto implique un peso geopolítico superior.

La estrecha relación de Marruecos con la Administración Trump, sumado a la inestable posición de Infantino, presidente de la FIFA, necesitado del apoyo de los países africanos ante la ofensiva de la UEFA para desbancarle, provocan que Marruecos tenga opciones reales para albergar la final. Desgraciadamente para los intereses españoles, en estas tesituras nuestro vecino del sur suele desenvolverse con eficacia.
Organizar ese partido se ha convertido en otra batalla de la permanente confrontación que existe en el estrecho de Gibraltar. Ahora mismo cualquier circunstancia puede convertirse en trinchera. No olvidemos que en una guerra hibrida los contendientes buscan debilitar al rival utilizando métodos no convencionales.
Hay un hecho incuestionable, si la final no se disputa en España el impacto emocional para nuestro país será demoledor. La desafección por el Mundial de 2030 será absoluta y el fracaso de la inversión una más que probable posibilidad
Hay un hecho incuestionable, si la final no se disputa en España el impacto emocional para nuestro país será demoledor. La desafección por el Mundial de 2030 será absoluta y el fracaso de la inversión una más que probable posibilidad. Pero la transcendencia iría más allá del propio evento. Marruecos habría conseguido dañar los intereses de España en la esfera internacional, un hecho que le envalentonaría a conseguir objetivos mayores.
A riesgo de equivocarme, creo que el pueblo español no anhela organizar un mundial, pienso que prefiere mucho más, ganarlo. Por ello considero que la situación a la que hemos llegado es la suma de errores y decisiones precipitadas. De hecho, algunas de ellas tienen poca explicación.

Todo parte de una premisa, el marco que se impone sobre el fútbol moderno no es deportivo. La geopolítica, el negocio y la gestión corrupta de la FIFA han distorsionado tanto el juego como la organización de los mundiales. Por esa razón, a España ser anfitrión del mundial de 2030 puede generarle un gran problema y escasos beneficios. Algo que sería impensable en el deporte que conocí cuando era niño y demasiado evidente después de un verano perturbador, en el que los más vulnerables fueron usados como armas bélicas e ideológicas. Otro fútbol, otro mundo son posibles y sin duda, necesarios.


Sin perjuicio del correcto y acertado análisis del autor del artículo, que nadie se engañe. La final del próximo Mundial se jugará en el país cuyos políticos corruptos paguen más a los dirigentes corruptos de las organizaciones futbolísticas internacionales. (Acordémonos de Sudáfrica, Brasil, Rusia y Catar). Y me temo que, a dinero sucio, al rey absolutista del país vecino no lo gana ni nuestro Gobierno de corrupción para rato, como diría una conocida gallega.