La temporada entra en su tramo decisivo, y el Atlético de Madrid de Simeone afronta un mes de abril que marcará el balance de la temporada. Los últimos partidos realizados dan motivos para la ilusión, pero también a la inquietud.

Las próximas semanas marcaran el devenir del Atlético de Madrid. Superados con cierta solvencia los escollos europeos (Brujas y Tottenham) y realizada la machada de eliminar al Barça en semifinales de la Copa (pese al susto en el partido de vuelta cargarse a doble partido a los de Flick es un logro desde todos los puntos de vista), el Atlético supera el mes de marzo de forma muy distinta a la forma en la que el año pasado las mismas fechas marcaron su imposibilidad de conseguir grandes logros, con las traumáticas eliminaciones ante Real Madrid (Champions) y Barça (Copa).

El verano fue movido en el Metropolitano. Llegaron refuerzos de presunto tronío y no eran pocas las expectativas en torno al equipo. Los comienzos fueron discretos y en no mucho tiempo la cabeza de la Liga se alejó más de lo deseado. Cundió el desánimo; era un guión bastante repetido en el último lustro rojiblanco: descolgarse pronto de la lucha por la Liga. Desde el titulo de 2021 no se ha vuelto a competir por el campeonato, regido por su tónica habitual del duelo eterno entre el Barça y el Madrid, sin que el Atlético sea el animador que se espera. No eran esas las expectativas creadas.

Las nuevas incorporaciones, en principio, no supusieron el salto de calidad que se esperaba de ellos y no pocas criticas empezaron advertirse sobre la composición de la plantilla. No en vano la llegada de Mateo Alemany poco antes de las navidades parecía mandar un mensaje de cierto descontento con la dirección deportiva de los últimos años; la inversión realizada no se manifestaba en un equipo que pudiera ser solvente. Se apreciaban defectos en la configuración del plantel, significativamente en los laterales, el medio centro, y en la ausencia de un delantero centro determinante en la parte de arriba.

A ello se le unía el eterno debate en torno a Simeone. Su duración en el cargo es tan insólita que resulta imposible el no sustraerse a la tentación de valorar si su época ha pasado o no. Muchos son los indicios que apuntaban a cuestionar su continuidad; en especial lo alejado que han estado los títulos en los últimos años del equipo, por más que el objetivo mínimo, aquel que marca la distancia entre el fracaso y la salvación de los ejercicios que no es otro que la clasificación para Champions, no se haya visto nunca en peligro real. Tal regularidad de resultados es inédita en la ya larga historia rojiblanca y tal vez de esa premisa surge la idea que no es concebible un Atlético sin el Cholo. Al menos eso es lo que la dirigencia lleva entendiendo desde hace mucho tiempo.

Hay motivos para la esperanza, que se han revelado en las eliminatorias de Copa y Champions: el excelso momento de Griezzman, el regreso al rendimiento goleador de Julián Alvarez, la aportación ofensiva de Lookman y hasta la efectividad esporádica de Sorloth. Casi todos ellos en el apartado ofensivo

En los últimos meses una situación que parecía abocada a una nueva decepción se ha abierto a esperanza de concluir de forma feliz la temporada. Por primera vez desde 2013 se asoma a la final de la Copa del Rey, un torneo sobre el que los aficionados ostentan grandes expectativas. No son pocos los que crecieron en los 90 del siglo pasado viendo al Atlético como un equipo puntero en la competición decana del fútbol español con presencia habitual en las finales y que han sufrido la cierta dejadez y el escaso recorrido que la era Simeone ha mostrado en la misma, por más que el último título conseguido frente al Real Madrid en el Bernabéu fuera inolvidable y supusiese una catarsis tan importante en tantos ámbitos. Ganarla, y más tras dejar al Barça en la cuneta, supondría un espaldarazo definitivo a su consideración como alternativa a los dos grandes. Asimismo, afronta unos estimulantes cuartos de final de Champions ante el propio Barça, en los cuales surge la duda si será capaz de volver a sorprender el arriesgado esquema defensivo de los culés o se verá arrollado por el arsenal ofensivo de estos.

Algunos brotes verdes incitan al optimismo. El momento de Antoine Griezzman es fabuloso y el astro francés apura sus últimos meses como rojiblanco en un estado de forma excelso en el que sus gotas de calidad son cada vez más decisivas para desatascar los partidos y nada mejor para concluir una trayectoria única que despedirse con un título. También Julián Álvarez parece despertar de un largo letargo de tres meses en los que las dudas asaltaban a su rendimiento; la poca aportación de su jugador franquicia ha marcado el devenir del equipo durante no pocos partidos en los que faltaba la contundencia ofensiva que en teoría debía aportar el argentino que nunca ha escatimado esfuerzos pero que ha mantenido durante demasiado tiempo una intrascendencia en el juego impropia de su condición. Importante ha sido, sin duda, la incorporación de Ademola Lookman, fichaje notable del mes de enero, que ha aportado una profundidad por la banda izquierda de la que se carecía antes y cuya presencia ha mejorado ostensiblemente la aportación (al menos ofensivamente) de Ruggeri, del que tantas dudas hubo a comienzo de temporada. También el rendimiento de Cardoso ha subido muchos enteros, de tal manera que el medio campo ha conseguido mejor equilibrio. Su nueva lesión es una noticia muy negativa para los intereses rojiblancos.

Se sigue identificando al Atlético como un referente del juego defensivo y la solidez en ese campo cuando hace ya varias temporadas en la que el talón de Aquiles del equipo si sitúa en ese apartado. La falta de talento defensivo se muestra con más frecuencia de la deseada

Junto a esas noticias positivas, tan importantes para ir salvando los escollos en Copa y Champions, siguen persistiendo motivos para la inquietud. El último derby en el Bernabéu mostró a las claras como la inconsistencia defensiva es una rémora demasiado elevada en especial ante rivales de entidad. Un partido que apuntaba controlado y favorable se fue por la borda por errores propios y una falta de solidez impropia de un equipo con aspiraciones, y sobre todo entrenado por Simeone. Resulta curioso como se sigue identificando al Atlético como un referente del juego defensivo y la solidez en ese campo cuando hace ya varias temporadas en las que el talón de Aquiles se sitúa precisamente en ese apartado. Lejos quedan ya esas épocas comandadas por Godin o Juanfran en las que perforar la portería rojiblanca era un lujo al alcance de pocos. La falta de talento defensivo es una de las rémoras mas evidentes de la plantilla, que si bien ha descubierto un diamante en bruto en la figura de Pubill y la aportación de Hanko se sitúa casi siempre en el ámbito de lo notable, muestra flaquezas evidentes en los laterales y no encuentra sustitutos de garantías en caso de ausencia de alguno de los centrales titulares. A ello hay que unirle la estimable ausencia de Pablo Barrios en el medio campo, que lastra sin duda alguna la creatividad del equipo y el hecho de que la gran temporada del capitán Koke ha conseguido en parte paliar esa ausencia, pero existen no pocas dudas fundadas que la gasolina le dure al eterno motor rojiblanco.

Abril marcará, por lo tanto, el devenir del año sin vuelta de hoja. Un triunfo en la Copa acabaría con la sequía de cinco años, daría renovadas energías a la entidad y dejaría de lado la decepcionante Liga realizada. Pasar la eliminatoria de Champions abriría un escenario inesperado durante buna parte de la temporada, supondría una nueva inyección de autoestima y recordaría aquellas épocas en las que el equipo se veía capaz de cualquier hazaña. Por el contrario dos derrotas en ambos frentes sumirían a la entidad en depresión, apenas paliada por la rutinaria clasificación para la principal competición continental, se abriría de nuevo la disputa dialéctica en torno al Cholo y abriría las puertas a una más que probable revolución de la plantilla durante el verano. Un mes por lo tanto decisivo, pero al que todos hubieran querido llegar en dicha situación allá por agosto cuando el balón echó a rodar.

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