Un histórico de nuestro fútbol se encuentra en horas bajas. Su afición tiene el deber de salvarlo. Pero la historia del Zaragoza interpela a todo nuestro fútbol. 

El fútbol tiene momentos que es mejor no recordar. Pasajes trágicos que sin duda hubiera sido mejor no vivir. Nicky Hornby en su mítico libro “Fiebre en las gradas”, relataba la vergüenza que sintió con la tragedia de Heysel. Una pesadilla donde murieron decenas de tifosis a consecuencia de las avalanchas provocadas por hooligans ingleses. El día de los acontecimientos Nicky, ingles de nacimiento, impartía clases a alumnos italianos.

En el fútbol la desventura se ha manifestado de muchas formas; violencia ultra, muertes súbitas de futbolistas o accidentes de avión inesperados. Desgraciadamente el repertorio de estas desdichas es amplio y cruel. Todas ellas ponen de manifiesto la poca importancia que tiene el juego respecto a la vida humana. Sin embargo, el aficionado al fútbol es sentimental y frívolamente asume como trágico aquello es consustancial al deporte, la derrota.

El propio Hornby relataba la desdicha que sentía cuando su Arsenal fracasaba futbolísticamente. Pocas cosas trascendentales desaparecen cuando tu equipo es derrotado, aunque al aficionado le duele como si lo realmente fuera. Un descenso, una final perdida o sucumbir en el derby de la ciudad se toman con una tragedia cuasi trascendental.

Al final de la temporada pasada, el fútbol español vivió otra de esas “tragedias” sentimentales que en realidad tienen poco de trascendental. El histórico Real Zaragoza descendió a Primera REF, tercera categoría de nuestro balompié.

El equipo aragonés ha caído a un pozo en el que cuesta demasiado sobrevivir. Después de más de cincuenta y ocho temporadas en Primera División, con unas vitrinas decoradas con nueve títulos, nacionales e internacionales, la entidad mañana afronta ahora un incierto futuro deportivo y económico.

El equipo aragonés ha caído a un pozo en el que cuesta demasiado sobrevivir. Después de más de cincuenta y ocho temporadas en Primera División, con unas vitrinas decoradas con nueve títulos, nacionales e internacionales, la entidad mañana afronta ahora un incierto futuro deportivo y económico.

La pasada campaña Zaragoza vivió una terrible desconexión entre aficionados, jugadores y cuerpo técnico. La temeraria desidia que reinó en la capital aragonesa facilitó que unos erráticos dirigentes dejaran al club sin identidad empujando a su equipo a un doloroso descenso.

Afortunadamente la afición ha reaccionado, tal vez lo ha hecho demasiado tarde, pero sin duda ha cambiado de actitud. Este verano miles de zaragocistas se han dado cuento que resignarse es morir. Posiblemente el primer paso para salvar a su equipo del purgatorio.

Cuando otros históricos de nuestro fútbol cayeron en esa misma catacumba, fue la masa social quien los salvó. Ejemplos como el del Real Oviedo, o más recientemente Deportivo y Malaga, sobrevivieron a la penitencia por la tenacidad de sus hinchas. Al fin y al cabo, el verdadero corazón de un club está en su gente.

En un campo artificial, alejado de la mítica Romareda, los zaragocistas tienen que poner las bases para el retorno. Durante el pasado julio cerca de veinticinco mil zaragocistas sacaron su abono y dejando claro que no van a claudicar.

En un campo artificial, alejado de la mítica Romareda, los zaragocistas tienen que poner las bases para el retorno. Durante el pasado julio cerca de veinticinco mil zaragocistas sacaron su abono y dejando claro que no van a claudicar.

Se trata de la mejor de las noticas para unos futbolistas que deben sentir a su gente cerca de ellos. En cada uno de los partidos, en los momentos de dificultad (que llegarán) los jugadores del Real Zaragoza no pueden estar solos, hay que acompañarlos. Solo así se salva a un equipo.

El Real Zaragoza nunca debió confrontar con esta tesitura. Un equipo que en los noventa levantó la Recopa al cielo de Paris. Un histórico que hoy está herido de muerte. Irremediablemente ha llegado el momento de salvarlo.

Esperemos que pronto el equipo aragonés vuelva a la elite del fútbol español. A levantar copas como antaño. Nuestro fútbol no puede permanecer indiferente ante una nueva tragedia provocado por el mercadeo institucional. Todos somos un poco Zaragoza. El cualquier momento podría pasar con nuestro equipo. El negocio mal entendido está corrompiendo nuestros clubes. A algunos, de hecho, los han herido de muerte. Es un buen momento para recordar que todos gritamos un gol marcado por Nayim. Se lo debemos…

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