
La reciente final de Copa del Rey deja un poso muy decepcionante para el Atletico de Madrid, no solo en el resultado, también en la actitud y la forma reincidente de abordar eventos de este tipo
En un entorno tan habituado a recoger lugares comunes como es el fútbol, uno de los más recurrentes es que toda final tiene un pronóstico incierto. Eso resulta cierto cuando el nivel de los contendientes es parejo, pero en pocas ocasiones se cumple cuando se atisban diferencias notables entre estos últimos. Los equipos con más calidad y recursos suelen salir vencedores con bastante frecuencia, al menos más de la que se suele anunciar por la prensa especializada siempre ávida de otorgar dramatismo a enlaces de este tipo.
El Atlético de Madrid es hoy por hoy no superior, sino bastante superior a la Real Sociedad. Muchos jugadores suplentes en el cuadro de Simeone, serían indiscutibles en el cuadro donostiarra, un buen equipo, bien trabajado y en fase ascendente desde hace varios meses desde el cambio de entrenador, que en modo alguno iba a resultan un adversario fácil. Pero de ahí a aceptar como lógico el resultado de la final media un mundo. Los equipos presuntamente grandes han de demostrarlo, y si no lo hacen sencillamente no tienen esa condición.
Nadie que tuvo en su mente diversos escenarios para la final pudo prever el inicio de la misma. Un gol a los catorce segundos cuando los espectadores se estaban acomodando. Que lejos queda esa solidez rojiblanca que hacía de su meta un muro casi inexpugnable. Una cadena de errores de defensas y portero casi dignos de un vodevil dieron temprana ventaja a la Real. Tocaba nadar contra corriente, levantarse del palo. Y no tardó mucho en reaccionar el Atlético. Se acercó a la meta realista puso empeño en la igualada y la consiguió de manera temprana; a los 17 minutos. Se había igualado la contienda, otra vez se empezaba de cero; el gol tempranero podía quedar en anécdota. Pero los de Simeone parecieron empeñarse en lo contrario. El eterno paso atrás, ese instinto irrefrenable en la época cholista, hizo acto de aparición. Se renunció a llevar la iniciativa, se entregó la pelota pronto. No parecía haber más plan que darsela a Lockman a ver si volvía intentar algo. Se sucedieron perdidas de balón peligrosas. El equipo con más calidad sobre el terreno de juego pareció renunciar conscientemente a esa condición.

El segundo gol realista tuvo, de nuevo, mucho de regalo inesperado. Una falta mal medida, el lanzamiento que pilla a los centrales descuidados y la salida incorrecta de Musso, héroe ante al Barça, poco afortunado en La Cartuja. Penalti y gol; que no fue sino una consecuencia lógica del buen hacer blanquiazul y la dejadez en el juego rojiblanca. En un escenario que hubiera requerido iniciativa y búsqueda de la portería contraria, se optó por la especulación y la espera de la jugada aislada que pudiera inclinar la balanza. El oscuro partido de Griezzman así lo atestiguaba. También la inoperancia de Guliano Simeone en banda derecha. La Real Sociedad no era el Barcelona, no defendía casi en medio campo ni dejaba vías abiertas a la sorpresa de la rapidez de la que tanto fruto sacó el Atlético en las eliminatorias contra los culés.
El regreso de los vestuarios mostró, como no podía ser de otra forma, una mayor iniciativa de los de Simeone, obligados por el resultado. Fue, en todo caso, un ataque plano, sin ocasiones frente a la portería realista que no vio otra alternativa que dejar pasar los minutos para amarrar el 2-1. Cuando todo apuntaba a un ejercicio de impotencia, llegó la calidad de Julián para amarrar el empate en el 82. Los grandes jugadores tienen recursos para casi todas las ocasiones y la calidad del argentino permite sacar a la luz algunos de ellos. Todo se ponía de color rojiblanco; el contrario parecía en la lona, cansado y sin fuerzas para una posible reacción. Tuvo un par de ocasiones el Atlético que no pudo aprovechar, pero con todo parecía más entero y animado para la prorroga. No daba la impresión que la Real pudiera aguantarla en condiciones, cuando algunas de sus mejores piezas tenían que ser sustituidas.
Para el Atlético queda la Champions. Algunos creen que es el plato fuerte en el que hay que poner toda la ilusión y empeño. Craso error. La Copa era la reválida, la final en la que no se podía fallar. Tras un lustro sin títulos la ocasión pintaba muy favorable; enfrente no estaban el Barça ni el Real Madrid, y las condiciones eran muy favorables. Perder solo puede tomarse como un fracaso
Pero el desenlace es de todos conocido. La Copa viajo a San Sebastián y no de forma injusta. En realidad fue un Deja Vu de la histórica final del 87, con la que coincidió en no pocos aspectos: numero de goles, evolución del marcador y desenlace desde el punto de penalti. La Real jugó sus bazas, no cometió errores groseros y supo sobrevivir a un escenario complejo. Su mérito es indudable. El Atlético se pareció bastante al de otras fechas negras de la reciente historia rojiblanca: la hecatombe de la vuelta contra la Juventus en Turín, el resbalón inesperado ante el Leipzig un año después, la eliminación de Copa ante el Athletic de hace un par de temporadas y la infausta vuelta de cuartos de final ante el Borussia Dortmund. Son demasiados indicios como para no sospechar que la capacidad competitiva del equipo es limitada en grandes eventos. En casi todas esas derrotas se puede apreciar un denominador común; el empeño en repetir formulas exitosas del pasado que hace tiempo que dejaron de ser rentables. La idea que los partidos deben moverse en una escenario de escaso recorrido, poca actividad en las áreas y ocasiones fogonazos de efectividad. Un tendencia que desde hace años no se traduce en triunfos importantes.

Queda la Champions. Algunos creen que es el plato fuerte en el que hay que poner toda la ilusión y empeño. Craso error. La Copa era la reválida, la final en la que no se podía fallar. Tras un lustro sin títulos la ocasión pintaba muy favorable; enfrente no estaban el Barça ni el Real Madrid, se venía de una subida de moral muy notable tras la afortunada eliminatoria ante el Barça resuelta quizá con más premio que el merecido, pero de indudable mérito dado el nivel del rival. Los equipos fuertes lo son por su capacidad de demostrarlo cuando deben. Con un jugador menos, el Barcelona embotelló al Atlético en los dos partidos de Champions, por más que no obtuviera premio final; no en vano va a resultar el campeón de Liga un año más. El Atlético tuvo que tocar a arrebato ante un rival que mostraba cansancio y contaba con peores recursos, tanto titulares como desde el banco, pero en casi ningún momento agobió a la Real con su dominio. No debió esperar al desenlace de las penas máximas, en las que, por cierto, muestra una estadística tétrica que no revierte, algo que en un fútbol tan calculado y medido como el actual debe de llevar a reflexión; no estaría de más prepararlas en condiciones para ocasiones como esta.
La afición desplazada a Sevilla merecía de otro equipo sobre el césped de La Cartuja. No faltan voces que señalan que se dio todo y que a cara y cruz salió esta última. No es objeto de debate el hecho que los jugadores se esforzaran y pusieran todo el empeño sobre el campo. Pero desde hace ya varios años el Atlético muestra rutinas y hábitos mucho más asociados con la complacencia de la escasa exigencia que con los rasgos que suelen acompañar a los equipos punteros. Las finales se ganan, no se juegan dice otro manido tópico. No es cierto, son partidos que hay que jugar y disputar; pero siendo esto último verdad, los hay más obligados que otros a ganarlos.


Este artículo es una sentencia inapelable que, por que más que me duela, comparto de la primera a la última palabra. Su análisis es un mazazo que debería despertar a más de uno, que nos debería forzar a la rebelión.
Coincido, los equipos grandes, o lo demuestran en este tipo de lides o no lo son. Rotundamente. Que tampoco estábamos pidiendo una gesta heroica, sino simplemente competir algo, aunque sólo sea por respeto a quienes se dejaron una pasta para ver en Sevilla a este equipo sin alma.
Acierta el autor con dos expresiones que definen, una vez más, lo que fuimos en la final de la Copa del Rey: el “eterno paso atrás, ese instinto irrefrenable”, y “un ataque plano, sin ocasiones”.
Hay que elegir entre la pena o la gloria. O cambiamos el conformismo por exigencia, o podemos estar años y años satisfechos por cumplir (ramplones) objetivos. Y sin ilusionar a tantos miles de niños que siguen sin respuesta cuando preguntan aquello de “Papá, ¿por qué somos del Atleti?”.