
Han pasado casi cuarenta años desde el último y único precedente de un duelo en una final de Copa entre donostiarras y colchoneros. Mucho han cambiado las don entidades, el fútbol en general y el propio país
El 27 de junio de 1987 la final de la Copa del Rey se disputó entre dos equipos con los que pocos contaban para disputarla. Las semifinales del torneo habían deparado un Real Sociedad- Athletic de Bilbao y un Real Madrid- Atlético. Los pronósticos dieron como final más probable un duelo entre bilbaínos y madridistas. Pero tanto la Real como el Atlético sorprendieron a sus oponentes en los encuentros de vuelta. Los donostiarras vencieron en San Mamés (0-1) tras el empate en el encuentro de ida, y el Atletico remontó un gol de desventaja frente a su vecino (2-0).
En realidad había sido un año decepcionante para ambos y ganar la Copa era la última posibilidad de redención para los mismos. Ninguno se había clasificado para competiciones europeas a lo largo de la Liga, algo especialmente decepcionante para los madrileños, que no faltaban a esa cita desde 1983; pero todo había salido torcido para los del Manzanares en ese ejercicio. En pleno verano Luis Aragonés había abandonado el banquillo por un proceso depresivo; se le sustituyó por Vicente Miera pero fue cesado antes de finalizar la primera vuelta. El eterno segundo de Luis, Martínez Jayo, asumió el mando del equipo durante algunos partidos pero los resultados no mejoraron de tal forma que tuvo que volver un Aragonés, ya repuesto, que tampoco encontró el rumbo de otras temporadas. Para colmo de males, en abril del 87 el veterano y mítico presidente, Vicente Calderón fallecía dejando un vacío en la presidencia y abriendo un proceso electoral. Al mismo concurrió un personaje que marcaría la historia rojiblanca en el futuro: Jesús Gil.
La final de Copa del Rey de 1987 supuso el último eslabón entre el viejo Atlético de Madrid, del fallecido Vicente Calderón,y el nuevo club que emergía a la sombra del hombre que había ganado las últimas elecciones a la presidencia rojiblanca: Jesús Gil y Gil. Nada sería igual desde entonces.
En la Real Sociedad tampoco habían ido demasiado bien las cosas. Tras la etapa dorada del periodo 1979-83, unas temporadas insulsas dominaban la escena donostiarra. El equipo mantenía algunos de sus puntales de sus momentos álgidos como Arconada, Zamora, Górriz, Larrañaga o López Ufarte a los que se iban uniendo jóvenes valores de Zubieta como los hermanos Bakero y Beriguistain. En 1985 habían acontecido dos hechos muy relevantes; una grave lesión de Arconada y la llegada al banquillo de un joven técnico galés, John Benjamin Toshack sustituyendo al legendario Alberto Ormaechea. El nuevo entrenador se trataba de una leyenda del Liverpool de los 70, con no mucho bagaje desde los banquillos y que desde el inicio revolucionó el panorama blanquiazul, aunque los resultados no le habían acompañado demasiado. Pero poco a poco estaba transformando el estilo realista; de un equipo muy defensivo se había mutado a una visión más ofensiva y vistosa del juego de los de Atocha, que empezaba a disfrutar de varias goleadas. También se hizo famoso por un cierto gusto por la polémica con declaraciones osadas y alguna actuación un tanto estrambótica: tras perder un partido de Copa en campo de un segunda división, castigó a los jugadores con un entrenamiento a las cinco de la mañana. Su mano de hierro en el banquillo intentaba emular a el hacedor del gran Liverpool de su etapa de jugador, el escocés Bill Shankly.

Unos días antes de la gran final hay elecciones a la presidencia del Atlético de Madrid. Uno de los candidatos, Jesús Gil y Gil, provoca un terremoto con el anuncio de que si el gana el jugador joven más prometedor del futbol europeo, Paulo Futre, jugara en el Atlético. Incluso lo presenta en una conocida discoteca madrileña. En el entorno rojiblanco se habla de casi todo menos de la final que va a disputar el equipo, en especial de los refuerzos que todos los candidatos prometen si ganan. Como era de esperara el golpe de efecto del constructor soriano surte efecto y Gil gana las elecciones con claridad. Siguiendo su línea populista fleta un tren para desplazar a los aficionados a Zaragoza en donde se va a disputar la final.
El estadio de la Romadera acoge a los finalistas en medio de un ambiente típico de esos encuentros. Hay ligero favoritismo madrileño que muestra un bagaje muy favorable en los últimos duelos entre ambos equipos. La Real Sociedad sale con Arconada, Sagarzazu, Gorriz, Gajate, Dadie, Lopez Rekarte, Larrañaga, Zamora, Lopez Ufarte, Bakero y Beriguistain, por su parte el Atlético pone en danza a Abel, Tomás, Ruiz, Sergio, Quique, Julio Prieto, Landáburu, Marina, Uralde, Da Silva y Rubio. Cuando todo el mundo esperaba unos minutos iniciales de tanteo por ambas partes ,como suele ocurrir en este tipo de encuentros, los realistas salen a por todas y desbordan a un Atlético que comparece muy frío e inseguro al evento. Las combinaciones donostiarras descolocan a la defensa rojiblanca que ve como en el minuto 9 el primer gol de la final cae del lado realista. Un balón en profundidad le llega a Bakero que de forma acrobática da una asistencia a Lopez Ufarte que completamente solo bate a Abel. El dominio de la Real es abrumador por momentos y el centro del campo atlético naufraga por la incapacidad de Marina y Landáburu de imponerse en esa zona del campo. Con todo, en el minuto 24 los madrileños logran una gran jugada a base de paredes de sus delanteros que dejan solo al uruguayo Da Silva que bate por bajo a Arconada. La contrariedad no afecta al buen hacer de los de Toshack, en el 37 Beriguistain recibe en el borde del área. Tiene en frente a Ruiz que le impide el paso, pero se saca de la manga un gran tiro a la escuadra que hace el 2-1. Finaliza el primer tiempo con justa victoria de la Real que incluso da la impresión de ser corta por los méritos contraidos.
La final, que se jugó con un calor sofocante en Zaragoza, fue un partido de resultado incierto hasta el último momento. Un posible penalti en el área donostiarra al final del partido pudo marcar el desenlace del encuentro. Muchos atléticos recuerdan ese lance
El segundo tiempo es más equilibrado. Hace un calor sofocante en Zaragoza con un termómetro que alcanza los 37 grados. Luis sustituye a un desacertado Marina por Julio Salinas y la delantera rojiblanca gana en profundidad. El ritmo realista baja y los madrileños empiezan a crecer. Hay un gol anulado a Da Silva por fuera de juego y en el minuto 74 el delantero Juanjo Rubio marca el empate en un tiro cruzado. La superioridad durante buena parte del partido no ha servido a la Real para comandar la final. En el minuto 87 Julio Prieto se interna en el área. López Rekarte le intenta obstaculizar y da la impresión que le derriba. El arbitro, el salmantino Ramos Marco, no aprecia obstrucción. Será una jugada largamente recordada por los atléticos que señalan al arbitro como un nombre de ingrato recuerdo. Se llega al prorroga en donde el cansancio se ha apoderado definitivamente de los equipos que especulan ante el temor que cualquier error tenga ya el carácter de definitivo. Los 120 minutos se cumplen y la final se ha de decidir por penaltis. No hay buen augurio en las huestes colcohoneras. Las tandas de penas máximas suelen ser esquivas para el Atlético. Los pronósticos se cumplen. La Real marca sus cuatro lanzamientos y por el Atlético fallan Da Silva y Quique. La Real es campeona y acaba con un lustro de resultados discretos.

El desenlace descrito traerá consecuencias. Jesús Gil, ya envestido presidente, iniciará una revolución en el Atlético y poco quedará del equipo que disputó la final en apenas unos meses. Uno de sus fichajes será, López Ufarte, al que Toshack considera traspasable aun después de su gran final. Lo cierto es que al “pequeño diablo” como se le conocía no le ira muy bien en la capital de España. La Real Sociedad iniciará con este triunfo una racha de buenos resultados que dará lugar a una gran campaña posterior, la 87-88, en la que será subcampeón de Liga y Copa. En esta última perderá la final contra el Barça en un partido en el que de forma insólita partía como clarísima favorita. Pero todo se truncará en el verano de 1988 en donde el propio Barça de una tacada ficha a tres de sus puntales: Bakero, Beriguistain y Lopez Rekarte, algo que descalabra su intención de seguir en la élite, además una temporada más tarde se retiran Zamora y Arconada. El propio técnico galés verá propulsada su carrera y fichará por el Real Madrid dos años después. Pero sus aires de sargento de hierro no cuajaran en la entidad blanca y en un par de años volvería a Donosti, en donde se le sigue venerando como uno de los grandes entrenadores de su historia

