Esta temporada se cumplen 50 años del final de la llamada Copa del Generalísimo, que disputó su última edición en 1976, para luego pasar a denominarse Copa del Rey. La final tuvo un protagonista claro, el delantero rojiblanco José Eulogio Gárate. Nadie podía pensar que se estaba tratando del último gran partido de un mito del fútbol español.

 El 26 de junio de 1976 se disputó en el Santiago Bernabéu la final de Copa. Hacia unos meses de la muerte de Franco y todavía no había sido nombrado presidente Adolfo Suarez, ni se habían producido elecciones ni reforma política. Los protagonistas eran el Atlético de Madrid y el Zaragoza; siendo lo rojiblancos claros favoritos. Era una época dorada de los madrileños, incluso para algunos la mejor de su historia. Siempre por arriba y ganando y peleando por casi todos los títulos. Fue la última edición de Copa en la que se prohibió el jugar a los jugadores extranjeros, una norma que parece a fecha de hoy insólita pero que llevaba en vigor desde 1973, año en que se abrieron las fronteras del fútbol español.

El único gol del partido, de muy bella factura, fue obra de Jose Eulogio Garate, el legendario delantero rojiblanco. El ariete realizó un cabezazo perfecto a centro de Salcedo, y tuvo el honor del recibir como capitán la Copa a manos del rey Juan Carlos. Nadie podía pensar que se iba a tratar de su último partido en condiciones y ni mucho menos el calvario que le esperaba.

José Eulogio Garate Ormaechea, había nacido en Argentina en 1944. Sus padres estaban realizando un viaje a ese país para visitar a su abuelo exiliado por causas políticas. Dio sus primeros pasos futbolísticos en el Eibar, en donde pronto destacó como gran goleador, y de forma singular por aquel entonces compaginaba su labor de futbolista con los exigentes estudios de ingeniería industrial. Su sueño era jugar en el Athletic de Bilbao, pero para ello debía de obtener la nacionalidad española (todavía tenia pasaporte argentino) y eso significaba hacer el servicio militar, cosa que quería evitar. Los ojeadores del otro atlético, el madrileño habían puesto sus ojos en él y le ofrecieron mediar para indultarle de esa obligación. Esta gestión y el hecho de que en Madrid se pudiera estudiar la ingeniería que cursaba decidieron su fichaje por el Atlético en 1966.

Tras unas dudas iniciales (se le acusaba de blando) fue poco a poco consagrándose en la primera plantilla rojiblanca. En la 68-69 logró su primer trofeo Pichichi al máximo goleador, logro que repetiría en los dos ejercicios siguientes. Como curiosidad cabe destacar que en todas las temporadas compartió honor de ser en máximo goleador con otros jugadores (Amancio, Rexach y Luis Argones). Garate era un delantero atípico alejado de los goleadores de su tiempo; se trataba de un atacante fino, de buen regate, gran remate de cabeza y una capacidad innata para caer a las bandas y arrastrar defensas contrarias; en combinación con su otra actividad fue conocido como el «ingeniero del área». Destacaba además por su limpieza y caballerosidad en el juego; incluso sus celebraciones de goles eran austeras, casi como pidiendo perdón a los contrarios. Eso contrastaba con lo que él tenía que sufrir; las defensas de entonces eras muy duras y hasta violentas y no dudaban de recurrir a cualquier método para parar al delantero rival. Siempre lo pasó mal contra el madridista Benito, pero solía superar al barcelonista Gallego, dos defensas de ese corte rudo de antaño.

Fue uno de los estandartes de una generación gloriosa junto a Luis Aragonés, Adelardo o Ufarte, a los que fueron uniéndose valores como Eusebio, Salcedo, Capón y numerosos sudamericanos de buen nivel. Con el contragolpe como seña de identidad, se ganaron las ligas del 70 y el 73, la Copa del 72, y tuvieron muy cerca la Copa de Europa de 1974, aunque se consolaron en parte con la Intercontinental de 1975 ante el Independiente de Avellaneda. El triunfo en la edición de Copa de ese año continuaba con esa tónica exitosa. Peor le fue en la selección española; solo consiguió juntar dieciocho partidos internacionales y apenas cinco goles, pero le toco vivir uno de los periodos mas oscuros del combinado nacional, que no fue capaz de clasificarse para las citas mundialistas de 1970 y 1974.

 

Unos meses antes de la final, en el Atlético- Elche en el Manzanares, Gárate sufrió una dura entrada del ilicitano Indio, que le provocó un corte en la rodilla. Le pusieron puntos de sutura y siguió jugando con normalidad. Acabó la temporada con ese éxito señalado de la Copa y aunque ocasionalmente sufría molestias, las mismas no fueron consideradas importantes. Pero la cosa cambió a peor durante el verano y ante sus quejas el médico del club, el doctor Enrique Ibáñez, le exploró la rodilla y vio un bultito extraño; tomó una muestra del mismo y resultó que se trataba de un hongo de nombre Monosperium Apiospermun, propio de la hierba de los climas cálidos y húmedos, muy infrecuente en un país como España, y que probablemente se le había incrustado en la rodilla cuando el taco del jugador del Elche la rajó. Con el calor del verano, crecieron las esporas y le derivó en una enfermedad de la rodilla conocida como Mitezoma de rodilla.

Jose Eulogio Garate es un símbolo de una de las mejores épocas deportivas del Atlético de Madrid. Elegante dentro y fuera del campo, un gol suyo decidió la final de Copa de 1976. Lo que nadie sabía es que ese tanto resultó el último gol de su trayectoria y que que un hongo maldito incrustado en la rodilla de forma insólita le hizo pasar un calvario que le retiró de los campos para siempre

Ibáñez viajó a Brasil para informarse sobre el hongo en cuestión y vino con un tratamiento agresivo para el mismo. Hubo una pequeña mejoría e incluso Garate pudo disputar algunos minutos de un Atlético- Barça. Pero el organismo del delantero rechazó en última instancia la medicina que le aplicaron y el hongo avanzaba lentamente afectando a la supervivencia de la rodilla. La situación fue tan limite que el jugador se planteó la posibilidad de cortarse la pierna ante el temor de perder la vida. El medico rojiblanco viajó de nuevo a la desesperada a Brasil y otro especialista le recomendó un medicamento, Nitrato de Miconazol, casi desconocido en España pero que se pudo localizar en Bélgica como dosis inyectable. El tratamiento dio sus frutos y el hongo desapareció de tal forma que salvó la vida, pero la rodilla había quedado destrozada; no volvería a poner los pies en un terreno de juego y hasta su propia vida cotidiana se vio afectada; con la movilidad reducida pudo andar pero poco más. Con apenas 31 años vio carrada una carrera deportiva que pudo extenderse varios años más; pero sus estudios de ingeniería le garantizaron un porvenir fuera de los terrenos de juego.

En la temporada 76-77 el Atlético fichó a otro delantero de corte muy distinto, Rubén Cano. Ya sin Garate el equipo salió campeón de Liga en una temporada marcada por la preocupación por la salud del delantero que había dejado una huella profunda en la afición colchonera y hasta en toda España. Se le hizo un homenaje merecido con un partido entre el Atlético y una selección vasca formada por jugadores de el Athletic de Bilbao y la Real Sociedad. Pablo Porta, presidente de la Federación, le entregó la Copa de campeón de Liga y un estadio a reventar le dio su último homenaje. Quizá fuese mera coincidencia, pero su salida coincidió con el lento declinar del equipo que en los próximos años distaría de obtener los resultados de las dos décadas precedentes. Fue el jugador que más goles marcó en el desparecido Vicente Calderón y muy probablemente el atacante más carismático de la historia rojiblanca; en una entidad que ha visto pasar a jugadores del fuste de Vavá. Leivinha, Forlán, Falcao o Luis Suárez.

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