El Mundial ha concluido y es hora de analizar resultados. México, una de las selecciones anfitrionas, cayó en octavos dejando una buena imagen general. Reflexiónanos sobre el campeonato de la selección azteca y su eterno déjà vu. 

Habiendo visto el fin de México en esta Copa del Mundo, pienso que esto no ha sido más que un déjà vu, la sensación de haber vivido de nueva cuenta un recuerdo, eso que dicen sobre ver pasar episodios de tu vida cuando el final ronda por ahí, en silencio, cada vez más cerca.
Una repetición teniendo como mismo contexto un campeonato mundial, con el mismo equipo (distintos rostros, claramente), mismas sensaciones y emociones, el único final que parece y existe para esto.

Mis primeros recuerdos mundialistas comienzan en 2002. Volví a sentirme como aquel niño de 6 años luchando contra el sueño de madrugada frente al televisor, esperando los enfrentamientos de fase de grupos ante Croacia, Ecuador y la gran Italia de Totti, vestida por Kappa. Aquel empate frente al conjunto itálico, con un gol de cabeza de Jared Borgetti, fue el tema de discusión en el salón de clase y la jugada a replicarse en el patio del colegio. Felicidad que genera un gol, un resultado.
El cansancio acumulado ante la falta de horas de sueño, producto de noches en vigilia durante los encuentros frente a Corea del Sur y República Checa, pasó a ser cero después de la victoria en dieciseisavos ante Ecuador y, sobre todo, después de haber visto un nivel de juego que no se le veía a este equipo en varios ciclos mundialistas durante los primeros cuarenta y cinco minutos del partido. Benditas dos horas de sueño antes de que sonase la alarma del teléfono. Felicidad que genera un gol, un resultado.

La caída ante los ingleses en octavos trajo consigo una profunda tristeza futbolística. Algo que había sentido solo una vez con esta selección, en 2006. Porque trae consigo un mensaje que para nuestro fútbol resulta fatalista: por más que bordeemos el máximo de nuestras capacidades, que el sueño lo sintamos tan real al roce con las yemas de nuestros dedos, que aquello que vislumbramos detrás de la vitrina de un aparador lo tengamos tan cerca, siempre habrá tipos como Harry Kane con una efectividad de gol por tiro o situaciones increíbles como aquel gol del argentino Maxi Rodríguez en Leipzig, en 2006, para decirnos una vez más que el éxito no es para nosotros, que, a pesar de todo, seguirá sin ser suficiente.

Volví a sentir el orgullo nacional que genera ver tu bandera y entonar tu himno en el marco de un partido inaugural, con todos los ojos del mundo puestos en ese momento.

Volví a sentir el orgullo nacional que genera ver tu bandera y entonar tu himno en el marco de un partido inaugural, con todos los ojos del mundo puestos en ese momento. Hoy, viviendo fuera y tan lejos de casa, pocas situaciones generan una sensación de pertenencia y arraigo tan fuerte. Momentos que erizan la piel, como aquel partido inaugural de 2010, ante el mismo rival, de visita y con Javier Aguirre una vez más en el banquillo.

De este equipo esperaba poco o nada, dije. Rumbo a Brasil 2014, un gol sobre la hora de Estados Unidos ante Panamá en la última fecha de las eliminatorias nos salvó del bochorno de haber podido quedar fuera. Este equipo cargó con la vergüenza hasta Nueva Zelanda buscando el pase vía repechaje. Se salvaron los papeles sin dejar de ser acusados ni señalados. Se volvió a enfrentar al país anfitrión, se volvió a enfrentar una vez más a Croacia, se volvió a presentar un buen desempeño futbolístico ante los neerlandeses, pero una falta sobre Robben nos volvió a dejar afuera en octavos.

De este equipo esperaba poco o nada, dije. Hace tres años y medio, en Catar, quedamos fuera en la fase de grupos. Sin un gol norteamericano que nos salvara o segundas oportunidades en forma de repechaje, volvimos más pronto a casa de lo que estábamos comúnmente habituados. Con falta de dedos en ambas manos para señalar a los culpables, se prometen cambios y un giro drástico, sabiendo la responsabilidad que conlleva dar imagen de un buen nivel siendo país anfitrión. No ocurrió. Aguirre se convirtió una vez más en el técnico de esta selección, en condición de recurso de «rómpase en caso de emergencia», tras un cambio de entrenadores, una liga con decisiones sumamente cuestionables como la suspensión del ascenso y el descenso, y una legión mexicana en el extranjero que justificaba su convocatoria por su dirección postal y no por su nivel de juego. Fuimos locales; esta vez no nos enfrentamos a Croacia, pero la sensación de un buen desempeño futbolístico ante los ingleses, pero, noventa y ocho segundos de desconcentración aprovechados por Kane y Jude nos volvieron a dejar afuera en octavos.

Noventa y ocho segundos de desconcentración aprovechados por Kane y Jude nos volvieron a dejar afuera en octavos.

No hay gol mundialista mexicano que haya visto más veces en bucle que aquel de Hirving Lozano ante Alemania en nuestro debut en Rusia hace ocho años. Lo he visto recopilado en varios idiomas por distintos relatores; la sensación es siempre la misma. Emoción máxima por la jugada y por lo que la cámara captó en la tribuna, sensación trasladada a cada plaza y sitio multitudinario del país que transmitía el encuentro en pantalla gigante. Ver a todo un pueblo festejar de esa manera resulta hipnótico.

En este torneo no hay gol que haya repetido más que el 1-0 de Julián Quiñones ante Sudáfrica en el Azteca. En distintos idiomas y por distintos relatores la sensación es siempre la misma. Emoción máxima que trae consigo un gol para la tribuna, pero también para cada fan fest a lo largo de México. Ver a todo un pueblo festejar de esa manera resulta hipnótico.

Tras el final del encuentro en el estadio Azteca, los agradecimientos a esta selección inundaron los espacios informativos y las redes sociales. Gracias por la ilusión, por la esperanza y, sobre todo, por habernos vuelto a unir como nación bajo un mismo objetivo. Palabras finales cálidas ante una situación conocida que no para de repetirse cada cuatro años, con un dejo de frustración al final.

El tiempo parece tomar una dirección distinta. Rafael Márquez, auxiliar de Aguirre en esta Copa, ha sido nombrado como nuevo técnico de esta selección. Por primera vez en muchos años hay una continuidad en el banquillo; un grupo de jóvenes de grandes cualidades aparece para tomar el relevo generacional en este combinado de cara al próximo sueño mundialista.

Tras el final del encuentro en el estadio Azteca, los agradecimientos a esta selección inundaron los espacios informativos y las redes sociales. Gracias por la ilusión, por la esperanza y, sobre todo, por habernos vuelto a unir como nación bajo un mismo objetivo. Palabras finales cálidas ante una situación conocida que no para de repetirse cada cuatro años, con un dejo de frustración al final.

El tiempo parece tomar la misma dirección. Con una liga de primera división local que ha eliminado de manera definitiva el ascenso y el descenso; con planes para fortalecer aún más sus lazos comerciales con el campeonato norteamericano; con un desarraigo del fútbol de sus comunidades, tomando equipos y cambiándolos de sede como si hablásemos de piezas cuyo único valor y aporte estuviesen en función de la cantidad de ceros que puedan traer consigo; centralizando la búsqueda y el desarrollo del talento joven únicamente en las grandes ciudades; con un torneo que sufre el mal europeo, en el que la brecha presupuestaria entre clubes determina, aun antes del arranque de la primera jornada del campeonato, los únicos y habituales cinco candidatos al título.

Veremos qué ocurre dentro de cuatro años. Quizá la vida en bucle finalmente termine. Quizá, habiendo visto el fin de México en la próxima Copa del Mundo, piense que no ha sido más que un déjà vu, la sensación de haber vivido de nueva cuenta un recuerdo, eso que dicen sobre ver pasar episodios de tu vida cuando el final ronda por ahí, en silencio, cada vez más cerca.

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