
Los mundiales de fútbol son un reflejo de la geopolítica imperante en el momento histórico en que se disputa el torneo. Este mundial no es una excepción, por ello analizamos las implicaciones que hay detrás del campeonato del mundo de 2026.
Por primera vez en la historia el mundial de fútbol lo organizan tres países a la vez. Esta edición de 2026, se juega en los estadios de México, Canadá y Estados Unido. Un torneo que además lo disputan la friolera cuarenta y ocho selecciones, nunca hubo tantos participantes. Se trata sin duda de una declaración de intenciones. Esto ya no es un deporte, es un negocio en expansión.
A lo largo de la historia, el contexto geopolítico del momento ha caracterizado al mundial de fútbol. Sin duda, las escenas más bellas y amargas de una Copa del Mundo son relatos gráficos de una época. Muchos de estas competiciones futbolísticas se disputaron con un trasfondo inquietante, incluso algunas influenciadas por figuras y acontecimiento perturbadores.
A lo largo de la historia, el contexto geopolítico del momento ha caracterizado al mundial de fútbol. Sin duda, las escenas más bellas y amargas de una Copa del Mundo son relatos gráficos de una época.
La primera Copa Mundial organizada por la FIFA se disputó en 1930 en Uruguay. Los charrúas no solo albergaron el campeonato, también se alzaron con los laureles de campeón.
Años después, Italia albergó el Mundial de 1934 y Francia el de 1938. En ambos torneos la selección trasalpina se alzó con la Copa. Si bien y para desgracia de muchos los dos torneros estuvieron muy influenciados por la polémica figura de Benito Mussolini. Su autoritarismo fue decisivo en las victorias italianas.

En 1934 el Duce lo condicionó todo para que la gloria se quedara en casa. Aquel campeonato estuvo plagado de dudosas decisiones arbitrales. Paradójicamente, en todas ellas, Italia salió beneficiada. Mussolini uso el mundial para su propio interés. De hecho, se pude afirmar sin temor a equivocarse que fue el primer dirigente político que entendió la poderosa herramienta de exaltación ideológica que había detrás del fútbol. Los éxitos de la selección italiana se proyectaron como prueba inequívoca de la bondad del sistema fascista.
Cuatro años más tarde, en 1938, la final se disputó en Paris. Los jugadores de la selección italiana saltaron al terreno de juego no solo para defender su corona de campeones, también para salvar sus vidas. Horas antes, el teléfono sonó en el vestíbulo del hotel de concentración del equipo italiano. Al otro lado del aparato se escuchó la voz de Mussolini preguntando por el entrenador, Vittorio Pozzo. Cuando el adiestrador cogió el auricular, recibió un escueto y aterrador mensaje; Vencer o morir.
Por desgracia, en la Europa de los años treinta figuras como las de Mussolini proliferaron por todo el continente. El auge de los movimientos nacionalistas, autoritarios y de corte fascista provocaron una contienda bélica universal que fue conocida como la II Guerra Mundial.
El auge económico de la segunda mitad del siglo XX llevó a Europa Occidental a un bienestar jamás conocido hasta entonces. Nuevos modos de vida se implantaron y definitivamente el fútbol se convirtió en el rey de los deportes.
Aquella maldita guerra produjo más de cien millones de muertes. Durante estos años de sangre y plomo el mundo se olvidó del fútbol. La victoria de los aliados en 1945 supuso el final de la barbarie y la vuelta de los Mundiales. En 1950 Brasil acogió la cuarta edición de la Copa del Mundo. Una competición que pasó a la historia por el famoso “Maracanazo”. Uruguay contra todo pronóstico venció en el mítico estadio de Rio de Janeiro a la selección local.
El auge económico de la segunda mitad del siglo XX llevó a Europa Occidental a un bienestar jamás conocido hasta entonces. Nuevos modos de vida se implantaron y definitivamente el fútbol se convirtió en el rey de los deportes. Las naciones europeas, se obsesionaron por organizar Mundiales. Los ciudadanos de Suiza, Alemania, Suecia o Inglaterra tuvieron la fortuna de acoger el torneo deportivo con mayor repercusión del planeta. Latinoamérica también albergó alguno de estos campeonatos. De hecho, Chile en 1962 y México en 1970, fueron sedes mundialistas en un juego de alternancia desigual entre los continentes europeo y americano.
Hasta la década de los sesenta, los mundiales fueron tratados por la FIFA como simples torneos deportivos. Gracias, en buena media, al inglés Stanley Rous, Presidente de la Federación Internacional y persona muy beligerante con la nociva influencia que el dinero tenia sobre el juego.
Hasta la década de los sesenta, los mundiales fueron tratados por la FIFA como simples torneos deportivos. Gracias, en buena media, al inglés Stanley Rous, Presidente de la Federación Internacional y persona muy beligerante con la nociva influencia que el dinero tenia sobre el juego. Con Rous al frente de la entidad, los Mundiales se organizaron, siempre, en países democráticos. Sin embargo, a finales de la década de los setenta todo cambió. Un mundo marcado por la Guerra Fría y la Crisis del Petróleo ensuciaría para siempre el fútbol y sus preciosos campeonatos del mundo.
El Mundial de 1978, se jugó en Argentina. Un país gobernado en ese momento por unos sanguinarios militares que implantaron un sistema autoritario carente de libertades democráticas. El presidente de aquella infausta Junta Militar, Jorge Rafael Videla, al igual que Mussolini en 1934, uso elMundial para glorificar su régimen criminal.
Argentina alzó la copa. Sin embargo, la victoria moral del torneo fue de Johan Cruyff. En señal de protesta el capitán de la “Naranja Mecánica” se negó a disputar un campeonato que estaba manchado con la sangre de los disidentes. Mientras Kempes y Pasarela llevaban a la albiceleste a la gloria, miles de argentinos vivían en la penumbra de las prisiones. Otros muchos habían desaparecido en extrañas circunstancias.

A partir de entonces la FIFA dirigida por João Havelange fue implacable en su idea de negocio. El Mundial fue marginando su esencia deportiva para convertirse en el mayor de los escaparates del consumismo. La publicidad comenzó a contaminar estadios y prendas deportivas. Los derechos de televisión se convirtieron en una mina de oro. Gracias a esta deriva la FIFA cuatriplicó sus ingresos y las corruptelas empezaron a ser parte de su gestión diaria.
Cuando comenzó el siglo XXI el mundo vivía una borrachera de globalización y capitalismo sin control. El muro de Berlín había caído, el bloque comunista ya no suponía una amenaza para nadie. En este nuevo contexto, países emergentes comenzaron a revindicar su peso estratégico. Indudablemente no se olvidaron del fútbol, también querían organizar un Mundial. Así que, el fútbol, la FIFA y los maletines de sus dirigentes viajaron a Corea, Japón, Sudáfrica, Rusia y Qatar. El dinero se había apoderado del plantea, los mundiales no eran una excepción.

En la geopolítica actual sobresale una figura, histriónica, que sin duda está haciendo pendular el mundo de forma temeraria y peligrosa. Donald Trump, con sus actuaciones unilaterales está implantando un nuevo orden mundial donde el derecho se difumina dando paso a la fuerza bruta del más poderoso. Pues bien, este indescifrable hombre es el principal anfitrión del Mundial de 2026.
El presidente de los Estados Unidos, con un conservadurismo tergiversado y una visión anti-establishment lleva años desafiando a las élites políticas y mediáticas de todo el planeta. Para no sucumbir a este Tsunami, la FIFA otorgó a Trump el Premio de la Paz de 2025. Un galardón de nueva creación que servía de consuelo al egocéntrico dirigente tras no recibir su deseado Nobel.
Pocos sabíamos que esta extraña condecoración también concedía al hombre mas poderoso de la tierra un teléfono rojo con línea directa a la corrupta elite del fútbol. Si Trump considera oportuno suspender una sanción o modificar una decisión arbitral para beneficiar al equipo estadunidense de fútbol solo tiene que descolgar un auricular. La FIFA esta encantada de ayudar a un hombre de paz como el presidente de Estados Unidos.
Esta vergonzante sumisión al poderoso no es algo nuevo entre los dirigentes del fútbol. De hecho, se trata de un comportamiento que no sorprende a nadie. La historia nos ha demostrado que la FIFA es una institución servil con los opulentos y descuidada, en exceso, con su propio deporte.
¿Qué pretensión tiene Trump con este torneo? Difícil de saber. De hecho, es preferible no conocer sus verdaderas intenciones. Lo que sí sabemos es lo que quiere la FIFA. Lo que siempre ha deseado desde que llegó João Havelange, dinero. Ese es su único y maldito plan. Parafraseando a Ángel Cappa; «Nos han robado el fútbol». ! La FIFA lleva demasiado tiempo manchando la pelota! !Ha llegado el momento de recuperar nuestro deporte!

