La actualidad rojiblanca en los últimos meses viene marcada por el deseo explícito de su teórica figura principal de marcharse a toda costa al Barça. Una historia recurrente, que ha llenado tertulias y columnas de opinión y de solución compleja

 Los veranos futboleros no tienen otro horizonte informativo que los constantes movimientos de plantilla. Si afectan a los grandes ocupan buena parte de un espacio que no otorga la competición. En el caso de Julián Álvarez todos los elementos confluyen para ser un tema de tintes obsesivos. Afecta a dos de los grandes de nuestra Liga, a un jugador de dimensión global y muestra unas constantes que hacen difíciles todos los escenarios de solución. En realidad no parece que la tenga, o al menos que la misma sea del gusto de todos los implicados.

La historia de Julián Álvarez y el Atlético es la de un matrimonio jalonado por decepciones recíprocas. Como ocurre en estos últimos ninguno ha cumplido con las expectativas del otro. El argentino vino del todopoderoso Manchester City con el aura de ser el mejor jugador al que los del Metropolitano podían aspirar; no era un top mundial pero en teoría se le acercaba bastante. O al menos tenía el aura de ser capaz de ostentar la titularidad en cualquiera de los más grandes de Europa por más que en tierras inglesas Haaland le hubiera privado de tal condición. Costó 80 millones de euros y sobre él se trataba de edificar un proyecto capaz de competir por títulos. Fue la nueva apuesta millonaria del Atlético que en sus anteriores desembolsos cuantiosos (Lemar y sobre todo Joao Felix) había naufragado completamente. Por su parte, el jugador fue convencido de venir a un proyecto ambicioso en el que tuviera la condición de referencia y sobre que cayeran casi todos los focos de probables éxitos. Posiblemente le convencieron que el club iba en serio a la hora de intentar competir con los grandes. Vio, en definitiva, la oportunidad de adquirir un protagonismo que equipos plagados de estrellas era más difícil de obtener.

Dos años después nadie esta contento con la evolución de la aventura en común. El Atlético se ha mantenido en la parte de arriba pero no ha tocado metal; en realidad ha parecido lejos del mismo por más que en la última temporada jugara la final de Copa y alcanzara las semifinales de Champions. Tras años de austeridad ha acudido al mercado con más brío pero buena parte de sus refuerzos de los dos últimos ejercicios se han revelado fallidos. Gallaguer, Tiago Almada, Ruggeri o Raspadori han vivido un efímero paso por la entidad y han dejado tras de sí la sensación de incorporaciones fallidas, muy lejos de otorgar el empaque necesario para grandes metas. Además, la propia figura de Simeone ha sufrido un desgaste progresivo; no poca parte de la afición considera su ciclo acabado y muestra desazón ante su eterna prolongación al frente del banquillo rojiblanco.

Si el Atlético no ha satisfecho las expectativas de Julián, tampoco éste ha resultado el primer espada que todo el mundo aspiraba a ver. Cuajó un buen primer año (aunque no excepcional) y su desempeño en el segundo no puede ser calificado como mucho de discreto y eso siendo generosos. Mas allá de sus buenos números en la Liga de Campeones, su campeonato de Liga fue casi tétrico con apenas ocho goles de los que para más inri cinco fueron en apenas dos jornadas (su hat-trick al Rayo y el doblete ante el Real Madrid, ambos en el Metropolitano), y su Copa del Rey tampoco destapó el tarro de las esencias. Consiguió un bonito gol en la final de Copa, pero luego marró el penalti de la tanda, justo en el momento en el que supone que los mejores no deben fallar. Estuvo tres meses sin hacer un gol y en ningún momento ha mostrado los galones suficientes como para ser considerado un líder adecuado para que el equipo diera el salto a grandes éxitos. Por el Atlético, no hay que olvidarlo, han pasado Falcao, Diego Costa o Luis Suárez que sí cumplieron sobradamente ese cometido. Es cierto que a éstos últimos el equipo les acompañó más, pero todos ellos dieron la sensación de tener respuestas para todas las situaciones, incluso las más complicadas. Algo que el argentino no ha ostentado ni de lejos.

La relación entre Julián Álvarez y el Atlético ha estado marcada por resultar una decepción mutua: ni el club ha construido un proyecto capaz de levantar títulos, ni el jugador ha demostrado su condición de gran figura capaz de marcar las diferencias. Su última temporada fue, siendo generosos, discreta. 

A esta decepción mutua se le ha añadido unas formas por parte del delantero que han acabado por enturbiar la situación hasta límites pocos tolerables. En pleno Mundial proclamó su deseo para “cumplir su sueño”. Este no es otro que jugar en el Barça, el dominador actual del campeonato español, en el que piensa que puede cumplir sus expectativas de ganar títulos y brillar. Es un deseo legítimo, pero conviene recordar que en su día firmó un contrato con unas condiciones que nadie le impuso y que esa forma de expresarse ha supuesto una desconsideración al club que apostó por él y que le ha arropado siempre incluso en los momentos de rendimiento más decepcionante, bastante frecuentes en la última temporada. Su posición se asemeja bastante a la de un chantaje de aspecto poco ético: en caso de no traspasarme mi rendimiento decaerá debido a mi disgusto. Además, su voluntad de salida sólo tiene una dirección, fichar por el Barça, un rival directo con el que el Atlético se puede ver, por ejemplo, en una final de Copa. A fin de cuentas si uno está mal en un sitio, no es muy probable que solo maneje un escenario de salida.

Situaciones como las de Julián son una constante en la historia rojiblanca. Desde el muy lejano traspaso de Peiró al Torino en los 60, pasando por la traumática salida de Hugo Sánchez al Real Madrid en los 80, o la espantada de Christian Vieri en los 90, hasta los casos más recientes de Fernando Torres, Agüero, Falcao, Diego Costa o el mismo Griezmann. El no pertenecer a la auténtica élite deportiva y económica del fútbol europeo ha supuesto que los mejores activos rojiblancos siempre hayan sido objeto de deseo de los más poderosos y que en estos casos el final casi siempre haya sido la salida del jugador. No en vano, también el Atlético pesca con frecuencia en los equipos del escalafón inferior. Además todos esos nombres señalados fueron futbolistas de un rendimiento bastante superior al de Julián. Su salida a efectos deportivos fue bastante más traumática de lo que supondría la marcha de este último.

Pero el Atlético (o sobre su consejero Gil Marín) ha llevado el asunto a una cuestión de orgullo. No se ha retrocedido ni un ápice a la jugada de presión del jugador y el Barça. De hecho este último no se puede acercar a los números del traspaso que manejaría el Atlético como posible inicio de negociaciones. Gil ha estado dispuesto a afrontar la posible guerra silenciosa del futbolista manifestada en apatía y bajo rendimiento, con tal de no mostrar debilidad como entidad y más frente a un equipo con unas cuentas económicas tan discutibles como las del Barça, que navega desde hace años con la contradicción de una situación financiera precaria y una plantilla de lujo a la que quiere añadirle un jugador no precisamente barato. En realidad una salida al Barça hubiera dejado al Atlético en una posición casi insufrible en cuanto imagen: cediendo a un traspaso que no le satisface tras haberse mofado de las intenciones azulgranas de hacerse con el futbolista

Una vez resuelto el culebrón con la permanencia a disgusto poco disimulado del argentino, la situación no puede ser más compleja: se mantiene en la plantilla a un jugador no precisamente motivado y sobre el que la afición guarda un notable rencor por la afrenta realizada, no es muy alejado de la realidad señalarle como uno de los futbolistas más tóxicos que jamás hayan vestido de rojiblanco, por las formas en las que ha intentado forzar su salida; incluso en comparación con otros nombres malditos de la historia atlética (Hugo Sánchez, Courtois), ni si quiera puede mostrar la carta de un gran rendimiento. Es quizá el momento de atender a la practicidad y el pragmatismo por parte de todos. El futbolista tendrá que continuar con su carrera y contribuir lo mejor que pueda al equipo para no perder su condición de figura internacional; no le conviene de ningún modo un año de bajo rendimiento; bajaría su cotización y comprometería su futuro. Y la afición tendrá quizá que dejar de lado sus impulsos más emocionales y entender que se trata de un integrante del equipo y no precisamente menor. De sus goles puede depender las opciones del Atlético de lograr algo importante tras un lustro en blanco. Y a fin de cuentas lo que importa es que los jugadores rindan en el campo; más allá de que cumplan o no sus sueños en los equipos en los que militan.

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