La temporada acabó y un año más el casillero de títulos del Atlético de Madrid no fue estrenado. Una tendencia asentada durante un lustro que bien merece alguna reflexión al respecto.

Benjamin Disraely, destacado primer ministro de la Reina Victoria en el periodo de mayor apogeo del imperio británico declaró en su día “Existen tres tipos de mentiras: las simples, las detestables y las estadísticas”. En una era tan informatizada, es habitual que ante la falta de informaciones destacables muchos diarios deportivos rellenen sus páginas con datos estadísticos sobre porcentajes de victorias derrotas y empates. Con ellos se intentan avalar o denigrar trayectorias al frente de equipos. Un ejemplo bien claro es el Atlético de Madrid en el que las escasas páginas dedicadas por la prensa deportiva oficial suelen llenarlas de datos que ensalzan la trayectoria de Diego Pablo Simeone al frente del equipo. No hay duda según ellos que cualquier cosa que no sea la alabanza está fuera de lugar.

El cholismo fue un impacto emocional en el fútbol español y europeo de la década pasada. Por su manera de competir y ganar todo el mundo estuvo dispuesto a perdonar la forma en que se hacía: sin apenas posesión de balón, defendiendo como leones, con un colmillo insólito para aprovechar cualquier fallo del rival, desesperando a los ataques contrarios con sus cierre de filas inexpugnable, exprimiendo al límite cualquier balón parado que se terciaria. Había una épica indudable en la manera que ponía en aprietos y ganaba a los gigantes que le triplicaban el presupuesto y contaban con las mejores estrellas mundiales. Como dijo John Carlin, pudiera asemejarse a Churchill enfrentándose a pecho descubierto a la Luftwaffe de Hitler.

Ese impacto caló en una afición como la rojiblanca que había perdido toda su fe en ver algún día un equipo grande. Crecida mucha de ella en el gilismo sénior, aquel que devoraba entrenadores, tenía el equipo en la parte baja de la tabla y soportaba bochornos como la agresión al gerente del Compostela con guardaespaldas de por medio o las amenazas de muerte al Tren Valencia. El tiempo de la intervención judicial, el descenso a segunda, los años inanes del regreso a primera, la sucesión eterna de derbis sin victoria, el paso interminable de jugadores de medio pelo y entrenadores como mínimo dudosos. Demasiado como para no quedar prendado de aquél que había sepultado todo eso. Había tanto que agradecerle que para muchos aficionados la figura de Simeone se puso por encima del propio Atlético.

En sus primeros seis años al frente del Atlético Simeone ganó siete títulos (una Liga, una Copa del Rey, una Supercopa de España, dos Europas League y dos Supercopas de Europas) además de dos finales de Champions perdidas tras poner al límite a su rival. En los ocho siguientes sólo uno, la Liga de 2021. Más allá de ese triunfo en la Liga de la pandemia, no compitió por el campeonato en ninguna de las temporadas, quedó descolgado como tarde en el mes de marzo, tampoco se ganó la Copa del Rey en un periodo en el que lo hicieron la Real Sociedad (dos veces), el Valencia, el Athletic de Bilbao y el Betis. No fue capaz tampoco de ganar ninguna de las Supercopas de Arabia en las que participó y en Europa, las recientes semifinales de Champions han sido su mayor logro del periodo, en la 22-23 incluso fue último de grupo y no se clasificó ni para la Europa League.

Los datos analizados pueden fácilmente derivar en una conclusión: los números recientes no están con Simeone, sino más bien contra él. Al menos si se considera al Atlético como un equipo grande. Si se le sigue viendo como un mero aspirante a plaza Champions, la cosa cambia. Pero esto último no resulta muy adecuado para un equipo que acaba de alcanzar los 160.000 socios, una marca al alcance de pocas entidades en el fútbol europeo. Hasta el viejo mantra de la diferencia de medios económicos respecto a los dos grandes puede verse desde otra óptica: el presupuesto del Atlético duplica a casi todo el resto de la primera división española. Podría argumentarse que en los duelos directos con Barça y Madrid estaría justificado perder el tren de la Liga, no así cuando se visitan los campos de Alavés, Elche, Mallorca, Levante o Espanyol, feudos en los que a título de ejemplo no pudo ganar en la última temporada en la que terminará a casi treinta puntos del campeón.

Los años recientes demuestran con un análisis frío de los números, que los resultados del Atlético distan de de situarse como un equipo puntero y ambicioso. Lejos de pelear por la Liga, incapaz de ganar Copa del Rey o Supercopa y sin más horizonte que las rutinarias clasificaciones para Champions, algo que por plantilla, presupuesto y masa social no puede ser considerado como un gran logro

Con estos datos en la mano sorprende, cuanto menos, que desde la entidad no se han un replanteamiento de la posibilidad de buscar aires nuevos en la dirección técnica del equipo, al menos acercarse a la posibilidad que esas alternativas sean capaces de encontrar otras vías de éxitos. De alguna forma la figura del entrenador ha sepultado a la propia institución; seguramente sea la única en el planeta fútbol que, al parecer, solo puede ser entrenada por una persona. “Mira donde ha caído el United desde la marcha de Ferguson” dirán muchos. Pero no olvidemos que Sir Alex dejó al equipo en lo más alto, como campeón de la Premier. Y ahondando en la cuestión. ¿Alguien puede defender que con el nivel actual del campeonato español, al Atlético no le daría para entrar en los cuatro primeros?. Liquidada la clase media (Valencia y Sevilla significadamente) no parece haber muchos impedimentos para tal fin. Seamos sinceros: meter al equipo en Champions fue meritorio los primeros cuatro años, a partir de ahí se convirtió en rutina inevitable dada la dimensión que había alcanzado el equipo. Si el Cholismo fue la medicina que sacó al enfermo de la UCI, su continuidad contra viento y marea (al menos en su versión actual) parecer ser hoy más bien una rémora que otra cosa.

La situación es preocupante, porque el ecosistema en que se mueve el club es perverso en grado sumo. La dirigencia, al menos la actualmente vigente sin saber la idea del nuevo inversor, está encantada con un objetivo mediocre que se consigue de forma sistemática y que garantiza beneficio económico. El entrenador se ve ampliamente recompensado con esos mínimos exigidos y no nota en ningún momento que su silla se mueva, los jugadores no sienten la presión de ser un equipo grande con la exigencia que ello implica y buena parte de la afición no ve más allá de donde se estaba antes de la llegada del argentino y parece sentir sudores fríos ante la posibilidad de que viejos fantasmas reaparezcan sin darse cuenta que la situación actual es estar en tierra de nadie, tan estabilizado en los resultados más básicos como alejados de logros más elevados que deben regir el ánimo de la entidad . La prensa oficiosa no es tampoco muy crítica en consonancia con el club, ya que este último les asegura noticias a cambio de no ser especialmente incisiva con el desempeño del equipo y asegura su ración mensual de datos estadísticos que ensalzan la figura del mejor técnico de la historia de la entidad.

El ecosistema en que se mueve el club es perverso: parece que ni la directiva, ni el entrenador, ni los futbolistas ni buena parte de la afición parecer manejar otro escenario que el de un conformismo con tendencia a cronificarse. Desde hace muchos años en el Atlético las derrotas apenas tienen consecuencias. Y buena muestra de ello es el mantenimiento de un técnico cuyos mejores años parecen haber pasado

De 1966 a 1977 el Atlético tuvo su periodo de esplendor deportivo más acusado. En las cuatro ligas que se ganaron durante el mismo los inquilinos del banquillo rojiblanco fueron cambiando: Domingo Balmanya, Marcel Domingo, Max Merkel y Luis Aragonés. Es verdad que la historia del Atlético no ha conocido en ningún momento la regularidad actual, pero no es menos cierto que de la estabilidad a la mediocridad puede existir una línea muy delgada que se ha traspasado en la etapa actual por más que mucha gente parezca empeñado en no querer verlo. No hay empeño en negar el hecho que Simeone es el mejor entrenador de la historia del equipo, pero obcecarse en no ver que en la actualidad posiblemente ha dejado de ser la mejor opción de dirección del mismo es ponerse una venda que no llevará a muy buen puerto. Una retirada a tiempo es siempre una victoria, y el empeño del argentino en continuar su etapa contra viento y marea corre el peligro de hacer sepultar sus esplendorosos años iniciales.

Se iniciará en breve un nuevo periodo de verano en la que, para no perder la costumbre se hablará de que salgan siete u ocho jugadores para que vengan otros tantos. Sonarán nombres más o menos conocidos, a otros no los conocerá casi nadie y sobre ellos recaerá la esperanza de que sean los nuevos Falcao o Forlán. Una buena dosis de humo que no esconderá la raíz del problema.

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