El pasado 19 de julio, España ganó su segundo mundial de fútbol. En la solapa de la camiseta roja de la selección se bordó una segunda estrella. Sin duda, esta gran victoria se convierte en otro momento icónico de nuestra historia reciente. Los españoles, recordaremos para siempre dónde estábamos y con quién cuando Ferrán marcó el gol que nos llevó a la gloria. No es algo nuevo; en 2010 ya nos ocurrió con aquel chutazo de Iniesta.

Los dos goles fueron cantados por todo el país, sin importar procedencia, filiación o condición. Iniesta y Ferrán hicieron felices, en un instante eterno, a millones de españoles. Entre un gol y otro han pasado dieciséis años, un tiempo en el que han sucedido demasiadas cosas, tanto en el conjunto del país como en la vida de todos nosotros.

Cuando en 2010, Iniesta reventó la pelota, a mi lado estaban Héctor y Kike. Dos buenas personas y mis files amigos. Por aquel entonces compartíamos barrio, vida y alguna que otra esperanza. Aquella noche, juntos, vivimos un éxtasis que jamás habíamos sentido. Aquella fiesta duró más de lo debido y menos de lo deseado. Cuando Casillas alzó la copa al cielo de Johannesburgo recibí la llamada de mi padre. Felices, compartimos un momento inolvidable.

Sin embargo, ahora en 2026, todo era diferente. Mi padre no me llamó; hacía poco que se había convertido en una estrella. No de las que se cosen en la camiseta, sino de esas que brillan con fuerza en el firmamento. Lo eché de menos. Me conformé recordando la alegría que compartimos en esa llamada de 2010.

Cuando Ferrán marcó, mi amigo Héctor tampoco me acompañaba. Era difícil que lo hiciera, porque un día se fue a hacer las Américas y ahí se quedó, surfeando las olas de un sueño en el que ya pocos creen. Con su eterna cresta mal cortada sobrevive a Trump y a lo que haga falta. Muchos dirán que por lo menos tiene pelo; Kike, por ejemplo, hace tiempo que lo perdió. Él fue otro al que esta vez tampoco abracé. Años atrás dejó el barrio por los Pirineos, convencido de no ser encontrado.

A pesar de todas las ausencias, cuando Rodri levantó la copa al cielo de Nueva York, yo estaba bien acompañado. A mi lado una guerrera que cruzó el océano para acabar compartiendo el día a día junto a mí. Agarrados a sus manos, nuestros mellizos, felices por ver a uno de sus dos países reinar en el olimpo del mundial.

En esta ocasión, compartí la felicidad con mi familia y con nuestros nuevos compañeros de vida. Amigos que el azar o el destino pusieron en el camino tiempo después de que Iniesta marcara el gol en Sudáfrica. Gracias a Ferrán, viví con todos ellos otro éxtasis inolvidable. Ya serán, para siempre, los amigos de la segunda estrella.

Después de dieciséis años, volvemos a brindar. Lo hacemos por la felicidad de un país entero; tanto de los que nacieron como los que llegaron; por todos los que crecen, viven y padecen los avatares de esta tierra tan cruel como maravillosa. Brindamos por los que fueron, los que son y los que serán. Por lo vivido durante estos dieciséis años. Por los recuerdos. Por goles que jamás se olvidan. Pero sobre todo por las dos estrellas; la del cielo y la de la camiseta.

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